Leyendo elPeriódico de ayer, 26 de septiembre, escondida entre tantas noticias degradantes de esta “Cara Patria”, leí, mi querido Jorge, que estabas delicado de salud en un hospital del IGSS. A los pocos minutos, Felipe Valenzuela daba la noticia en la radio, que habías fallecido. Tu corazón, Jorge, se agrandó de tanta lealtad a Guatemala y de tanto darle al pentagrama, para que tu nombre figure gravado en la partitura eterna de los recuerdos. Yo te conocí hace muchos años, Jorge, por enlace con nuestro común amigo, el recordado escritor, Wilfredo Valenzuela, que te dedicó una de sus preciosas Estampas del Popol Vuh. Recuerdo que la dedicatoria decía: “Para ti, Jorge Sarmientos”.
Eran los años sesenta, cuando ya eras un músico consagrado y reconocido en todo el mundo, como compositor y como Director. Eran los años en que Wilfredo y este tu amigo que siente tu muerte, hacíamos como que estudiábamos las leyes y no reuníamos en el Bufete Popular de la Usac para celebrar la Huelga de Dolores. Entonces nosotros cantábamos rancheras de José Alfredo y tú “tarareabas” una sinfonía. Cómo te aprecié, Jorge, y cómo guardaré en mi memoria tu manera franca de reír y la forma especial de saludarme. Cada año, el 1 de diciembre, nos veíamos en el viejo edificio de la Universidad, el de la novena avenida y antigua sede de la Facultad de Derecho, para el Día de la Autonomía de la Universidad. Entonces, en el séquito que se forma para entrar al General Mayor y al compás del Gaudeamus, formábamos fila con monseñor Quezada Toruño, como doctor de la Universidad, tú como Emeritissmum de la Facultad de Humanidades de la Universidad y quien hoy te recuerda por ser Medalla Universitaria. Y siempre me invitabas, cada año, a visitarte en tu casa de San Lucas y saborear una botella de anciano “Par”, que tenías guardada por muchos años. Espero que al fin te las hayas tomado, porque con tantos ajetreos de la vida, nunca tuvimos la oportunidad de “descorcharla”. Recuerdo que cuando te metieron al bote juntamente con Wilfredo, por patriotas, por revolucionarios, por honestos, por hombres de bien, que como decía Mario Monteforte, aquí son síntomas de rebeldía contra el poder, casi a diario los iba a visitar al Primer Toro, que el último terremoto hizo el bien de traérselo al suelo, y gracias a un samaritano desconocido, por lo menos los tenías guardados en el hospitalito de los policías. Para esa fecha, ya habías renunciado a la Orden del Quetzal, como una protesta ante el permanente desgobierno de nuestra patria. Dejas muchas cosas buenas, mi querido Jorge: Mónica e Igor, siguen tus pasos en el camino del arte; dejas tu ejemplo de guatemalteco honesto y el amor que le demostraste a Guatemala, a la que, como decía Cardoza, debe quererse simplemente porque es la nuestra. ¿Y qué más? Tu música, que fue la pasión de tu vida y que te prolongará por siempre. El próximo 2 de diciembre, Jorge, ya no te veré en el acto de la Autonomía; pero, recordaré que ya en la frontera poniente de tu vida, organizaste la Escuela de Arte de la Universidad de San Carlos, unidad académica que cuando se creó no dudé votar a favor, en el Consejo Superior. Y les ha costado salir adelante, porque, por lo bueno, hasta en la Universidad hay que luchar y tragar sinsabores. En fin, mi querido Jorge Sarmientos, como cuando cumpliste los 70 te escribí un artículo jubiloso que titulé: ¡Que setenta años no es nada… ¡Ahora te escribo estas cuartillas, no con llanto, porque en la vida te di mi cariño, mi amistad, mi solidaridad y lealtad, sino con una profunda tristeza. Y para que decirte más: Los grandes de la música universal sacarán sus violines, sus violas, sus cornos y más, para amenizar tú llegada al cielo, en donde dicen que los músicos tienen asiento privilegiado. Y no faltará por allí don Mario Tactic o don Domingo Betancourt, con alguna marimbita y un tamborón de jubileo, de esos sonoros de San Antonio Suchi.