El hombre inventó el tiempo. Era necesario tener alguna respuesta acerca de los fenómenos que observaban. Era necesario explicar el porqué aparecía y se ocultaba el astro rey, en un ciclo que se repetía día a día con matemática precisión. Y así nació el calendario. Y así, nuestras comunidades fueron utilizando ese conocimiento para producir. Y la ciencia, unida al trabajo, construyó sociedades semiocultas en la profundidad del tiempo y que, aún miles de años después provoca la sorpresa y el estudio de académicos en todo el mundo.
Y así, identificaron las etapas de la vida: desde aquella que se inicia con un llanto, hasta aquella que lo provoca. Aprendieron a sustraerle al «cielo» sus secretos. Y a la luna y al rey de los astros les rindieron pleitesía. Y en un lento proceso, fueron creciendo en número y en sabiduría. Pero muy pronto aprendieron también a construir instrumentos que provocaban la muerte. Y aprendieron a usarlas. Y aprendieron con su uso, a comprender el poder que ellas daban para imponer la voluntad del más fuerte. Y así creció el hombre y aprendió a dividir la tierra que antes era común.
Y el hombre que era sometido, a fuerza de soportar las consecuencias de aquél que poseía la fuerza y el poder, aprendió a luchar. Y aprendió de un valor que se tornó universal. Aprendió lo que valía el derecho a ser libre. Desde esos remotos años, hemos visto uno tras otro los ejemplos de aquellos que se negaron a ser esclavos. Como Espartaco.
Hoy, miles de años después en nuestra América tenemos una Patria insignia. Un pueblo que aguerrido, se ha negado a ser esclavo del poderoso. Que apoyados en el pensamiento de uno de sus más preclaros hijos, del apóstol José Martí, exigieron su derecho a ser libres. Y retaron con su orgullo, al poderoso, que usando la ciencia, le había arrebatado al universo el conocimiento de las pequeñas partículas que se esconden dentro del átomo. Y desafió su poder. Y a fuerza de sentirse libres, construyeron en sus hijos el orgullo de sentirse soberanos y, uno tras uno los años en que se han negado a entregarse, suman décadas.
Ese ejemplo, ese ardor para defender lo propio, ese orgullo de saber que en su territorio, es el hijo de él, el que decide su destino, ha debido ser pagado con el sacrificio de su pueblo. Porque el hegemón no perdona, ni la valentía, ni el orgullo, ni el honor ni la dignidad. Y esas lunas y esos soles que sirvieron al hombre, para definir el tiempo han ido pasando por miles, sobre el pueblo soberano de la estrella solitaria, llevando tras de ellas el dolor, la limitación, la negación a la vida, al desarrollo, al progreso.
Porque como ayer, durante las guerras del opio, bombardearon los puertos de la China, para obligarlos a abrirlos al comercio de ese estupefaciente, así hoy usan sus cañoneras para impedir que otros pueblos comercien con ella. Porque le han querido cortar la yugular del desarrollo, negándole la posibilidad de adquirir medicamentos para curar a sus enfermos, y medios para sacarle a la tierra sus productos. Han querido estrangular al propio corazón de los hijos de esa tierra bravía, queriendo imponer por la fuerza, el yugo que han colocado en los hombros de tantos países hermanos en el mundo.
Un año más, en el que el orgullo anglosajón de los Estados Unidos se ha visto humillado por la inquebrantable voluntad del pueblo de Martí, del pueblo de Fidel, del pueblo que adoptara al Che como uno de sus hijos predilectos, se verá puesto a prueba, cuando de nuevo pretenda, en el seno de las Naciones Unidas, condenar a la pequeña-grande Cuba y mantener su oprobioso, injusto y criminal embargo.
Los países del mundo que hoy se enfrentan a la crisis económico-financiera más destructiva desde 1923, provocada por la ambición desmedida de lucro de la misma oligarquía mundial que ha mantenido a Cuba sometida al embargo, tendrán una prueba de fuego, ante el terco empeño de una potencia herida, por mantenerlo.
Y un mundo que empieza a despertarse del largo sopor provocado por la inmensa fuerza destructiva en poder de los Estados Unidos, tendrá mañana en sus manos la oportunidad de devolver la afrenta a la libertad, al rechazar las intenciones de aquél, de mantener la criminal medida.
¡Ser o no Ser! Es el lema que el mundo enfrenta en la sesión de mañana.