Los chapines somos muy buenos para ver la paja en el ojo ajeno, pero no le ponemos atención a la viga que tenemos en el nuestro. Somos excelentes para sonar la bocina en el preciso momento en que la luz verde se enciende en el semáforo para que el de adelante arranque al estilo de Fórmula 1, pero a la cuadra siguiente detenemos intempestivamente nuestro vehículo, sin hacer una sola señal, mucho menos accionar las luces intermitentes y en el lugar en donde hacer tan peligrosa maniobra eleva al máximo el riesgo de ocasionar un aparatoso accidente.
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Nos disgusta sobremanera que en una oficina pública cobren algún servicio sin extender comprobante, pero somos los primeros en explorar la posibilidad de encontrar una manera más fácil y económica para quitarnos de encima una evidente y comprobada infracción a la ley.
De esta clase de hipocresías deviene el supuesto exceso de conformismo de nuestra población cuando vemos cómo las autoridades constituidas pisotean cuanto obstáculo exista para evitar enriquecerse a costa del erario público. -¿Qué podemos hacer nosotros para evitar que se compre pésima comida para los policías? Decía un empresario el otro día, pero, según él, ocultando que tiene cifradas esperanzas porque su empresa constructora salga beneficiada con un jugoso contrato de mantenimiento de carreteras. Uno de esos, que al poco tiempo de terminada la obra, salen a relucir hoyos semejantes a la superficie lunar.
Con razón repetimos tanto que vamos de mal en peor. De ahí que me fuerzan aquellos defensores de los derechos laborales a esbozar una irónica sonrisa cuando preguntan el por qué ya no se celebra con el mismo vigor, valor y entereza de otros tiempos el Día del Trabajo. ¿Qué esperaban, que los consentidos dirigentes sindicales de todos los gobiernos, dejen de percibir graciosas concesiones a cambio de llegar a consentir y hasta aplaudir la militarizada toma de una entidad autónoma producto orgulloso de la Revolución de Octubre del 44? Por eso y no por otra cosa, nuestros líderes son cada día más condescendientes, término que no significa más que la de asegurar que la gran mayoría de nuestra gente se haya ido volviendo cada vez más conformista.
Ya basta de equivocarnos, no hemos cambiado en nada, todo sigue igual. Por la misma ruta y con el mismo sistema de elegir camaleones diputados; con manoseado y repetitivo engaño para escoger alcaldes y de igual manera, primeros magistrados de la Nación y su respectivo (a) acompañante. Si lo que digo no es verdad ¿entonces sigamos creyendo en que la rectoría de la universidad autónoma estatal, no tuvo, ni tiene interés alguno político-partidario para que le paguen un 5% presupuestario que antes y sin ningún recato consintió descaradamente. La respuesta entonces a la pregunta de si hay o no exceso de conformismo no es política de Estado, sino una nueva forma de hacerla: eminentemente económica y mercantil.