Los hechos: El día 10 de agosto del año en curso, la señora Odilia, jubilada del Estado luego de dos décadas de trabajar como maestra, de 83 años, diabética, hipertensa, con problemas de circulación, entre otros, ingresó a la emergencia del hospital Juan José Arévalo Bermejo, conocido como el hospital del IGSS de la zona 6. El ingreso respondió a una noche de vómitos que se sumó a cuatro días que llevaba sintiéndose mareada. Cuando ingresó la presión era alta.
Frente a esos síntomas, el médico de turno le suministró una inyección de nauseol y dijo que debía esperar hora y media para que el medicamento hiciera efecto. Pasado ese tiempo, el médico volvió a la camilla, tomó los signos vitales, comprobó que la presión era normal, preguntó si había vomitado de nuevo e indicó que podía retirarse… estaba estabilizada. Ello aunque la paciente seguía con mareos. La hija de Odilia –quien escribe este artículo–, cuestionó esta decisión apuntando que solamente habían controlado los síntomas y que no informaban sobre un posible diagnóstico, si es que lo habían elaborado. El Director de la Emergencia del lugar, confirmó que tal institución carece del equipo necesario, solamente puede estabilizar a las y los pacientes. Luego de consultas entre varios médicos: el asistente de dirección, el especialista de turno, el director de medicina interna, decidieron que Odilia debía ser ingresada. No obstante, pasaron 12 horas y no hicieron tal ingreso. Al cumplirse ese tiempo, mi decisión fue retirarla del hospital y en un acto de reconocer la autonomía de la paciente, el especialista le preguntó si quería irse, que esa era una decisión que ella debía tomar y que sí la iban a ingresar. Mi madre preguntó en cuánto tiempo lo harían, y el médico –con la tranquilidad que les caracteriza– indicó que en tres horas más porque había trámites burocráticos que cumplir. Finalmente Odilia decidió retirarse y como suele ocurrir en estos casos, terminamos en un hospital privado donde una médica joven y a la usanza de la vieja medicina, usó los conocimientos personales, se atrevió a diagnosticar, brindar el medicamento que consideró correcto, estabilizarla y sugerir el proceso a seguir para llegar a identificar las causas de fondo. Las reflexiones: Alterarse en la emergencia del IGSS de la zona 6 no es difícil porque el modelo de atención es infuncional; estabilizan a las y los pacientes pero no avanzan en un diagnóstico o no lo informan. Prácticamente les dicen que se vayan a la calle, lejos del hospital y su personal, lejos de su responsabilidad. Estuvimos en esa unidad hospitalaria por 12 horas y en ese tiempo observé que con pacientes distintos, el escenario era el mismo: controlar el dolor y enviarles afuera. El Sr. Ely llegó en la mañana quejándose de dolor, lo inyectaron –estabilizaron– y se retiró, pero regresó con el mismo dolor. Delvy, Ruth, María Elena y Karla, fueron pacientes ese día y me comentaron que han regresado entre dos y seis veces al mismo hospital y por las mismas dolencias. Ninguna cuenta con diagnóstico. Lo último que le dijeron a Karla fue “paciencia”. El IGSS, su personal médico y directivo deben revisar y evaluar su modelo de atención, las condiciones denigrantes con que las y los enfermos esperan la atención, pero sobre todo, la actitud deshumanizada e irrespetuosa que asumen con las y los enfermos. Me niego a secundar la frase común de “el IGSS es así” porque estoy segura que pueden cambiar y porque es justo que los trabajadores que pagan y han pagado por este servicio reciban atención con calidad y calidez. Porque no me acostumbro, aproveché este espacio que mi amigo Julio Donis me cedió.