¿Dispuestos a entender y a ceder?


Oscar-Clemente-Marroquin

Ayer el coordinador del Sistema Nacional de Diálogo, Miguel Ángel Balcárcel, explicó que el origen del conflicto en Totonicapán es básicamente por el tema eléctrico y dio detalles de cómo se rompió el diálogo cuando los funcionarios del sector eléctrico y empresarios no entendieron lo importante que para la comunidad indígena representada por los 48 cantones era la firma de un documento en el que se recogieran los acuerdos. Cuando los miembros de la Comisión de Energía Eléctrica, del Ministerio de Energía y Minas y de la empresa eléctrica dijeron que no firmarían nada, la asamblea comunitaria exigió que lo hicieran, lo que los otros tomaron como coacción y denunciaron a los líderes en el Ministerio Público que dictó órdenes de captura.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


En otras palabras, no se entendió y, en consecuencia, no se pudo ceder en algo razonable. Los funcionarios y empresarios no cierran negocios dándose la mano, sino firmando documentos que los comprometen y no entiendo por qué con los miembros de los cantones no se quiso hacer lo mismo sino se adoptó la postura arrogante de no firmar nada.
 
 El mismo Miguel Balcárcel, un funcionario muy competente y persona con enormes cualidades para facilitar el diálogo, dijo ayer que el diálogo no debe ser un fin, respondiendo a quienes dicen que la solución está en dialogar. La solución está en entendernos y respetarnos unos a otros y tener la disposición elemental de toda negociación que es la de ceder cada una de las partes para que todos podamos ganar. No hay negociación que no tenga como punto de partida esa disposición a entender a la contraparte y a ceder en algo respecto a las posiciones propias, puesto que de lo contrario estamos frente a imposiciones y no a negociaciones.
 
 En Guatemala ni siquiera tenemos la cultura del diálogo, mucho menos la de la negociación en el sentido de que tenemos que entender a la contraparte y mostrar disposición a ceder posiciones y así no iremos a ningún lado. Años de radicalizaciones ideológicas nos han puesto en verdaderas trincheras de las que no queremos salir porque a veces suponemos que ceder es muestra de debilidad o hasta de traición a la ideología. Años de marginación y desprecio a grandes sectores de la población nos hacen verlos de menos, lo que se manifiesta en expresiones despectivas como aquella de que el pobre es pobre por huevón, sin entender que la sociedad niega oportunidades a los que menos tienen. La mejor muestra de que nuestro pueblo no es haragán la dan los migrantes que, al encontrar la oportunidad, producen lo suficiente para mandar las remesas que mantienen el ritmo de nuestra economía.
 
 Si los procesos de diálogo se siguen usando como instrumento para ganar tiempo, para dormirse a la contraparte, la olla de presión de las demandas sociales irá calentándose cada vez más hasta explotar. Ojalá que el gobierno tome en consideración lo que ha dicho Miguel Balcárcel y dé el primer paso para establecer una mecánica que inspire confianza. No se trata de que una de las partes imponga su voluntad a la otra, y esto vale tanto para los funcionarios como para los sectores que hacen reclamos. Pero dentro de la lógica, las facultades legales y las posibilidades económicas, hay que atender demandas ancestrales que han sido históricamente ignoradas de forma olímpica.
 
 Principiemos por rechazar esa tesis de que nuestro pueblo es de borregos que son manipulados por unos cuantos vivos. Los dirigentes de los cantones de Totonicapán no son tontos y su gente los sigue porque están pidiendo lo que la población reclama. Decir que no saben ni por qué están protestando y que son acarreados es la primera falta de respeto y a partir de eso es imposible un diálogo constructivo.