Se entiende por “estereotipos” a las generalizaciones, percepciones esquemáticas, rígidas y contundentes que dan características o rasgos de personalidad a los miembros de ciertos grupos. Ejemplo claro de ello son las recurrentes apreciaciones sobre las mujeres, tales como, “a la cocina”; “a lavar los platos y tender la ropa”, “mujer tenía que ser”. O “chistes” como “mujer que no chinga es hombre”.
Caer en la tentación de este flagelo, que resulta en la incapacidad de resolver valoraciones por la vía del pensamiento crítico, es un riesgo que lacera a ciertos grupos y los encierra en calificaciones absolutistas sin defensa ni disculpa.
Nadie debe estar ajeno a la verdad, esa que se crea, se vive y se construye. Con conciencia, con competencia y compromiso. Esa es nuestra mayor labor de ciudadanía. Regirnos por motivaciones que tengan el singular sentido de intentar promover la paridad, como asunto toral en cualquier sistema que pretenda fomentar la equidad. Que represente la pluralidad de la verdad.
Tristemente, dentro de un mundo estereotipado, las asimetrías son vistas como naturales y poco nos sorprenden. Cuando en realidad estamos llamados a romper esos círculos perversos y persuadir, garantizar la representación justa, a la hora de emitir una opinión sobre otros grupos o sectores.
Dentro del llamado tejido social, entran a jugar, sin duda alguna, los medios de comunicación. Estos, según críticos y estudiosos de la materia, marcan la agenda política de países cuyos movimientos sociales son débiles o “debilitados”. Supongamos que esto aplicara a nuestra realidad, entonces habrá que tomar muy en cuenta la voz de los medios para combatir posibles estereotipos que se manifiesten a través de su palabra.
La imagen de las mujeres indígenas que se reproduce, es digna de analizarse. Muchas veces son representadas como las principales agentes que comúnmente se califican como las “vencidas”, “ignorantes”. Esto ha generado un esquema mental que pone a las mujeres en el remolino de las agresiones, por parte de quienes se consideran los dominantes del poder. Si se habla de pobreza, generalmente la fotografía es la de una mujer indígena rodeada de hijos.
El Estado guatemalteco ha sido construido alrededor de grupos élite que acaparan exclusividad en el ejercicio del poder. Nada nuevo. Dentro de este escenario, la relación con quienes son considerados subordinados, debe ser paternalista, clientelar y dar poder dosificadamente, o sea, cuando convenga a los intereses de los grupos dominantes. En el caso de la mujer, esto se incorpora, se hace piel. Por ello, hacer análisis y recomendaciones a los medios de comunicación en esta línea se hace indispensable. Porque muchas veces caen en la imagen estereotipada de ver a la mujer indígena como la máxima portadora de pobreza, únicamente.
Ese imaginario que hilan los medios, generan criterio, forjan ideología, construyen identidad. ¡Vaya responsabilidad! Vaya oportunidad que tienen los medios para edificar una ciudadanía incluyente, que exija paridad en todos los espacios, que demande equidad y que desde su voz e imágenes teja la posibilidad de representar la diversidad como un auténtico valor.