¿Cuánta libertad aguanta la democracia?


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En el juego de la política, en el flirteo por el poder, el que se enoja está destinado a perder. El error de llevarse la pelota del partido puede ser muy grave porque no solo termina con el espectáculo, sino que se rompe un acuerdo implícito del cual, jugadores y espectadores consienten de una manera históricamente aceptada. Asumiendo que está bastante cuestionada a estas alturas de la historia, la realización del sistema democrático como conjunto de reglas políticas, que sirven para una determinada organización de la sociedad, vale la pena de cualquier forma continuar destacando las contradicciones del mismo, porque solo a través de observar sus negaciones podremos trascender hacia otro estadio.

Julio Donis


En ese plano de ideas, hay que recordar que democracia dicta una fórmula que propone un conjunto de reglas socialmente aceptadas, centradas en la máxima inclusión posible de los gobernados o de los ciudadanos para la toma de decisiones políticas; pero ¿qué sucede cuando la pobreza de un país “democrático”, lo ancla en las aguas de la precariedad?; sigue siendo democrático ese lugar, pero con una pérdida constante e inminente, de los márgenes de convicción de sus ciudadanos para con el sistema. Es ahí donde capitalismo salvaje y democracia representativa entran en profunda contradicción pero aparente, jugándole al individuo la treta de que su voto se traducirá en una decisión que tendrá réditos para él. Democracia y pobreza son incompatibles, pero democracia y capitalismo también, sin embargo los últimos dos se utilizan en perversa conveniencia. Veamos otra negación, en este caso el valor de la libertad. Dicta también la fórmula democrática liberal que el valor de la libertad del individuo es cuasi sagrada, expresada ésta en la posibilidad de expresión libre, de asociación y de prensa. El ideario liberal supone ese valor como una garantía ante la eventual intromisión del gobierno en la esfera del individuo. Nuevamente cuestiono, ¿es democrática una sociedad en la cual se restringe aquel derecho sacrosanto por parte de sus gobernantes? Cuando el Estado ha sido precario históricamente, tanto ciudadanos, como su política pública, su justicia, sus instituciones, todo cuanto cubre su extensión, también se han sostenido en precariedad, tal es el caso de Guatemala. El reciente hecho judicial que involucró a los mandatarios del país y al Director de un medio de comunicación nacional de prensa escrita, concitó un concierto unísono en la sociedad con la voz que reclamaba daños al derecho de libertad de expresión. ¿Una sociedad pobre puede ser democrática al igual que una sociedad limitada en su libertad de expresión?, se supone que no se colegiría la condición democrática ante el déficit de cualquiera de los dos derechos, sin embargo la pobreza afecta generalmente a las masas de una manera estructural y generacional y la limitación del derecho a la expresión limita la autodeterminación. Ambos fenómenos laceran la dignidad y ponen en contradicción a un sistema que propone la máxima inclusión posible de ciudadanos. Por cierto sobre el hecho aludido, no es menester entrar en el detalle no menor, del retorcimiento que se hizo de determinados cuerpos legales para alegar delito, estirando la pita de la política a unos extremos de judicialización insospechados. Hasta este punto, he resaltado solo dos de las contradicciones del sistema, pero el agua se cuela por muchos lugares del techo. Hace tiempo que la condición de democracia representativa se decantó solo en democracia procedimental. Es evidente que la pregunta ya no es la del título de esta columna, sino una peor, ¿cuán democrática es la democracia?