¿Cómo explicar por qué pasan estas cosas?


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Ayer recibí una llamada de larga distancia de uno de mis hijos conmocionado porque el papá de una compañera de su hija fue asesinado en forma brutal cuando volvía a la capital tras realizar una jornada de trabajo. Y es que no es sencillo explicarle a una niña de 5 años el dolor de su amiga y, peor aún, la barbarie que se ha enseñoreado en Guatemala y que nos convierte en un país donde no hay respeto por la vida y todos estamos expuestos a perderla en forma estúpida por la ausencia de políticas públicas que promuevan el cumplimiento de la esencial norma de nuestra Constitución que obliga al Estado a garantizar la seguridad y la vida de los habitantes de la República.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Ayer mismo un patojo que iba con sus amigos en una calle del Centro Histórico fue asaltado por un vago ladrón de celulares; el patojo y sus amigos decidieron correr al ladrón y lo acorralaron, pero éste sacó una pistola y disparó contra el estudiante que recibió un tiro en la cabeza.
 
 Cómo podemos explicar a nuestra niñez el tipo de sociedad que hemos construido y donde pretendemos que vivan y se desarrollen. Es natural que muchos de nuestros niños vivan traumados y miedosos de salir a la calle y que sufran cuando alguno de sus padres tiene que hacerlo porque no quieren que se expongan a que alguno de estos energúmenos se los tope en el camino. Aquí no es cuestión de andar por lugares peligrosos o de andar molestando a nadie, sino simplemente de pedirle a Dios que por donde uno anda no aparezca algún enajenado de esos que por un celular le pegan un tiro a cualquiera o de los que por la razón que sea, disparan contra otras personas simplemente como muestra de su prepotencia y desprecio por la vida.
 
 Por ello, al leer esta mañana la columna de nuestro Jefe de Redacción, Javier Estrada, la que está publicada en esta misma edición, percibí en él un sentimiento de frustración y cólera que me parece se está generalizando entre nuestra población porque no se puede vivir con esas sensaciones de temor a que el día menos pensado, por un pinche teléfono, a una persona se le quite la vida.
 
 Y como me decía Javier cuando hoy abordamos el tema, aquí uno tiene la certeza de que lo matan por un celular y de todos modos luego no va a pasar nada. Nuestro país seguirá como si nada, sin que nadie más que la familia cercana se inmute, se indigne y se duela. Los demás hemos aprendido a ver la muerte como parte del paisaje, a asumir que así es como está nuestra Patria y, lo peor, a resignarnos con que nada se puede hacer porque quienes dirigen los destinos del país están demasiado ocupados haciendo sus negocios como para ponerle atención a la “nimiedad” de ese dolor ajeno.
 
 Las razones que uno le pueda dar a una niña para explicarle por qué su compañera perdió a su padre se resumen en que vivimos en una sociedad deshumanizada, egoísta y cruel. No podemos culpar a Dios de este tipo de desgracias que, ciertamente, ocurren en muchos lugares del mundo, pero no con la terca insistencia que vemos en Guatemala ni en medio de una indiferencia y apatía tan fría de los ciudadanos.
 
 Como dijo Martin Luther King, “al final vamos a recordar no las palabras de los enemigos, sino el silencio de nuestros amigos”. El silencio de la gente buena, de la gente honrada que, callando, deja que sean los malos quienes marcan nuestra historia.