En una de nuestras muy agradables como frecuentes “sofoquetas”, que es la designación que le damos un grupo de amigos muy estimados que nos juntamos a escuchar la Gran Música, nos quedamos anonadados al escuchar la expresión del título de este artículo, de parte, nada menos que de nuestro querido maestro y dilecto amigo JORGE ÁLVARO SARMIENTOS (q.e.p.d.) a la sazón del director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Guatemala.
rodolforohrmoserv@gmail.com
Claro, él lo hizo desesperado al notar que la mayoría de nosotros no manifestábamos mayor sensibilidad hacia la música contemporánea –y en especial hacia la música culta guatemalteca– y continuábamos deleitándonos con nuestros adorados barrocos, clásicos, románticos y postrománticos. Sin embargo, es preciso reconocer que por la tenacidad e insistencia del querido Maestro fue que logramos deleitarnos con un conjunto de obras musicales de nuestra coetaneidad que, en efecto, no tienen nada que envidiar a las de nuestra decidida predilección. Nos enseñó también, como músico nato que era, los criterios eminentemente técnicos de algunas obras musicales geniales que, naturalmente ignorábamos por nuestra calidad de simples melómanos.
A favor del querido tuneco, también interpusimos alguna vez, un recurso de exhibición personal, ya que por su amor a su pueblo y decidida solidaridad hacia él, tuvo algunos problemas de seguridad personal en tiempos de las dictaduras militares.
Al hacer guardia al lado de su féretro, vinieron a mi memoria toda una serie de vivencias que dichosamente tuvimos durante nuestra larga amistad de más de cincuenta años, desde alegres reuniones al lado de los queridos amigos –y bien acompañadas de espirituosas bebidas–, hasta las profundas discusiones políticas y musicales que mantuvimos, algunas veces bastante encendidas, pero muy cariñosas y respetuosas, al tratar cada quien de hacer imperar su punto de vista sobre el del otro.
Gozamos de una amistad sincera y profunda, afortunadamente. Su partida definitiva llena de dolor no sólo a sus amigos y familiares, sino al pueblo entero, nacional e internacional –este último que en cierta forma apreció más su obra– pues nos impide conocer más de su poder creativo.
Reitero a los queridos Mati, Jorge, Mónica y al “pilasho li cashne”, como le decíamos de niño a Igor, las muestras de mi profunda condolencia.