La historia de los hombres que desarrollan actividades políticas en Guatemala, muestra los peligros a los que están expuestos en esta actividad y su consecuente degeneración a partir de conocer la naturaleza del ser humano. Sus humores, fobias, defectos, sentimientos, intereses, querencias y otras actitudes marcan su accionar por acción u omisión.
Esta degradación, es corroborada por quien lee los medios de comunicación, observa, escucha o sigue a los políticos mismos, intelectuales orgánicos o grupos de interés disfrazados de Sociedad Civil. Desde luego, la historia de Guatemala nos cuenta de cómo ha corrido sangre de caudillo por las venas de los hombres, fluido vital distinto al de un político demócrata. En nuestro país la democracia sí existe, pero de forma muy particular y en grados apenas perceptibles.
La política como actividad se encamina a mejorar el estado de cosas en la comunidad, pero al girar en torno a los hombres, éstos imperfectos, de manera natural tienden a degradar las instituciones que son por antonomasia, democráticas y legítimas.
En Guatemala se supone que tenemos democracia electoral, la cual es hasta el momento, una realidad insuficiente, pues representa el único pilar consolidado sobre el cual se edifica el régimen de gobierno. Luego entonces, ¿Cómo entender la democracia, esa que ha enfrentado tiempos turbulentos durante generaciones? Nuestro país es un territorio de tiranos militares. Los fugaces reformadores sociales que llegaron al poder, estuvieron en el ejercicio del poder solo para ver sus mandatos interrumpidos por generales provenientes de los cuarteles, por eso, la democracia ha sido tan frágil como temporal y superficial en su contenido.
Sin embargo, pareciera que durante los últimos 27 años ésta echó raíces en la región, pues algunos politólogos consideran este desarrollo (la transmisión de mando cada cuatro años como símbolo de democracia) como una señal de madurez política, donde los ciudadanos han pasado de la adolescencia a la vida adulta. Otros piensan que este desarrollo es el resultado inexorable y benévolo de la liberalización económica y el libre comercio. Otros más, le dan el crédito a la influencia y al “ejemplo” de Estados Unidos de América.
En los inicios del siglo XX, existieron varias formas de regímenes políticos: 1) el Caudillismo; sistema mediante el cual los hombres fuertes militares o paramilitares lucharon entre sí a fin de imponer su autoridad sobre la nación –o región–, y disfrutar de las prebendas de la victoria; los gobiernos surgían y caían con regularidad. Fueron luchas brutales por el poder. 2) Dictadura Integradora o Centralizada; buscó reducir las tendencias centrípetas del caudillismo y establecer la hegemonía del Estado; a menudo estos gobernantes provinieron de las filas del ejército, y una vez en el poder, siempre contaron con el respaldo de las fuerzas armadas para sostener su gobierno; y 3) Oligarquía Competitiva o Republicanismo Oligárquico, que hizo uso de elecciones periódicas para ocupar puestos políticos y por lo general, cumplieron con el procedimiento constitucional formal; ésta Oligarquía mostró muy poco respeto por el Estado de Derecho, pues en situaciones de conflicto de clases prevaleció el poder brutal.
El sistema estableció mecanismos no violentos para resolver disputas entre contendientes de las elites dominantes (elecciones) y aunque los regímenes ostenten fachadas democráticas, poco hicieron como un gobierno del pueblo, pues favorecieron y aún, el dominio de una minoría en las relaciones entre las élites y las masas. Este ha sido el lastre que la población guatemalteca ha vivido durante los últimos 192 años. ¿O no?