Hoy que conmemoramos el Día Internacional del Niño, es un buen motivo para reflexionar sobre nuestra infancia, sobre todo por esos juegos y juguetes que antaño nos hacían reír y desarrollar nuestras habilidades. Sin embargo, es habitual que el adulto de hoy día se pregunte: ¿a dónde fueron esos juegos infantiles?
Una de las quejas más constantes que hacemos a medida que nos hacemos mayores, es vociferar o, al menos, comentar, que los años de hoy día ya no son como antes, cuando duraban más. Tal vez, los segundos del siglo XXI duran menos que los de hace 30, 40 o 50 años, porque cada vez percibimos que el día, y los años, se pasaban volando.
Pero también, unido a ello, nos quejamos de que la juventud de hoy día ya no sabe disfrutar, y que los valores se han perdido, así como las tradiciones. Es, como digo, una queja constante, ya que nos negamos a reconocer que, muy a pesar de nosotros, el mundo cambia más rápido de lo que cambiamos nosotros mismos.
Peor aún si recordamos nuestra niñez. Añoramos esos juegos infantiles, las condiciones sociales de nuestra Guatemala de antaño, de la tacita de plata, que vemos con cierta preocupación que nuestros niños no puedan salir a la calle por motivo de la violencia, las enfermedades, la falta de espacios públicos, o por el aumento de las cargas escolares con motivo de las nuevas ideologías educativas.
Así, de ese modo, en vez de estar jugando a las “arrancacebollasâ€, los niños están pegados a un televisor, creyendo que son guitarristas o profesionales de futbol a través de un juego de video. O bien, en lugar de que los jóvenes conversen en el parque y en las calles, lo hacen a través de una computadora, vía Facebook.
En primer lugar, quiero decir que esta queja, de creer que todo tiempo pasado fue mejor, tiene algo de razón, pero por otra parte la deja de tener. Y es que nos quejamos de que se están perdiendo las tradiciones, pero ello es casi imposible, porque si en realidad se constituyen como tradiciones, entonces no se perderán. Y en el mismo momento en que se pierden las tradiciones, dejan, automáticamente, de serlo.
En otras palabras, se constituye en tradición porque no se ha perdido; y si se pierde, es porque no fue (o al menos ya no lo es) tradición.
Pero el objetivo de estas letras no es reflexionar sobre las tradiciones, sino para recordar esos juegos de la niñez que aún hoy día anhelaríamos regresar el tiempo y jugar, aunque sea al menos por una hora, y por eso nos proyectamos a través de nuestros niños (hijos, sobrinos, nietos).
En primer lugar, intento establecer si existe una ronda infantil original de Guatemala. Por ejemplo, “El patio de mi casaâ€, “Mambrúâ€, “Aserrín, aserránâ€, “Campanita de oroâ€, “Vamos a la vueltaâ€, o “Matateroteroláâ€, pareciera que tuvieran elementos originales del país. Sin embargo, se reconoce que en otros países también existen estas rondas, aunque algunos estudios establecen que en Guatemala se han producido modificaciones importantes, que se constituyen en variaciones para analizar.
Por alguna razón, en buena parte de América, se les denominan “corros†o “corridos†infantiles, o bien “ruedaâ€. Pero en algunos países, como México, Argentina y Chile, se les conoce como “rondasâ€, término que se asemeja más a la palabra francesa “rondeâ€. De hecho, este término hace pensar que es en el país galo en donde se deben empezar a rastrear los orígenes.
De acuerdo con algunos investigadores, las rondas podrían tener un origen francés, sobre todo por las variaciones de una canción llamada “El puente de Avignonâ€, de la cual han trascendido versiones castellanizadas en canciones como “Arroz con lecheâ€. En México y en el Cono Sur (Chile, Argentina y Uruguay), las canciones pudieron haber llegado junto con las emigraciones francesas de finales del siglo XIX y principios del XX. En Guatemala, también pudo haber llegado por dos vías: desde México, y también con el afrancesamiento de inicios del siglo XX.
Las rondas infantiles suponen una gran facilidad para impactar en los niños, debido a su ritmo, rima y por el movimiento que suponen. En etapas de la humanidad, por ejemplo del ser humano rupestre, se tienen testimonios (a través de grabados en piedra) de comunidades que se tomaban de las manos y giraban alrededor del Sol u otros astros, o deidades.
De hecho, en su evolución por la época clásica y la Edad Media, se registran que las rondas se utilizaban como vehículos religiosos, y también como estrategia para la enseñanza pedagógica, sobre todo en cuestión de enseñanzas morales.
JUGUETES
Además de las rondas, los niños adultos de hoy día (es decir, esos niños que tienen 30 años o más), recordarán sin muchas vueltas de la memoria los trompos, los capiruchos, las tipachas, los chajaleles, entre otras. Las niñas recordarán a las muñecas de trapo, que se diferenciaban sensiblemente de las muñecas de China, porque las primeras se podían jugar, y las segundas eran para el adorno.
El trompo, por ejemplo, además de ser un juego de habilidad, también suponía una gran fascinación. Un cuerpo grande y gordo giraba sobre su propio eje, manteniendo el equilibrio sobre la tierra. El juguete habitualmente se conseguía a un precio barato, si es que el mismo niño (o su padre) no se animaba a elaborarlo.
Sobre los orígenes del trompo, éstos se remontan a las comunidades antiguas surgidas del río Eufrates, de donde la Biblia supone el origen de la humanidad, unos cuatro mil años antes de Cristo. El trompo, para entonces, más que juego era un instrumento de adivinación.
Su uso se extendió por todo el mundo, y a pesar de nuestra modernidad, nuestros ojos de niño siempre reconocieron esa “magia†que tiene el trompo, como el protagonista de la novela “Los ríos profundosâ€, de José María Arguedas, que le otorgaba al trompo características fantásticas y, a través de él, se podía transportar a otros lugares.
De la misma forma, el capirucho (conocido en otras partes como balero, entre otros nombres), también tiene orígenes antiquísimos, y su fascinación también depende de la habilidad que se tenga para acertar varias veces. Pero otras razones de su éxito es su fabricación relativamente sencilla, la cual, incluso, se puede llegar a elaborar con un bote vacío, una cuerda y un palo, aunque sus formas tienen infinitas variaciones.
Otro juego de fácil elaboración es el chajalele, conocido en otras partes por su onomatopeya como “runrúnâ€. Con un simple hilo y con un botón, se podía tener entretenimiento por una buena tarde.
Por último, un juguete más elaborado, pero cuyo costo puede ser aún barato, es el barrilete, cuya fascinación consiste en sostener en el espacio a pesar de los vientos. Incluso, para culturas para las nuestras, todavía se considera que el barrilete tiene una función fantástica de ser enlace entre los vivos de la Tierra, y los muertos allá en el Cielo, con los que nos podemos comunicar a través de un mensaje que, gracias a las leyes de la Física, si se pone sobre el hilo, el papelito subirá.
Pero hoy día, encontramos no barriletes, sino cometas hechizas, con formas de águilas; o bien trompos y yoyos de plástico, con marcas, y que sus artificios han hecho más fácil el juego. Por ejemplo, trompos de plástico que, en vez de hacer un buen amarre en la punta, se les impone una argolla de plástico alrededor.
La comercialización le ha quitado la magia a esos juegos de la niñez. De hecho, recientemente vi en una tienda por departamentos que se vendían capiruchos, no como juegos, sino como curiosidades para turistas, cuyos mecanismos difícilmente servían para jugar.
Las condiciones de la Guatemala actual dificultan la elaboración y diversión con estos juegos; ya casi es imposible ir a “barranquear†para buscar varitas de “coyote†para un barrilete, porque seguramente ese barranco tiene dueño y un guardián estaría dispuesto a balear a cualquier intruso. Y, en caso de tener un barrilete, el horroroso tendido eléctrico de nuestra ciudad (en donde se cuentan ya por decenas los cables que cruzan paralelas a las calles), no permiten volarlo.
¿A dónde fueron los juegos infantiles? Pues supongo que optamos por comprar los yoyos y trompos de plástico, y que las rondas infantiles se compran en un disco compacto a más de cien quetzales en un supermercado. Pero no tiene que ser así. Simplemente saque a su niño interior, y recuerde qué tan fácil era hacer un chajalele, y juegue con los infantes de su familia.