Su nombre era Carlos pero nosotros le decíamos Tío Pepe, el apellido Garcia lo tomó de su madre, el del padre, aunque era un hijo bien nacido como les llamaban dentro de esa concepción ingrata a quienes nacen dentro del matrimonio, lo dejó en segundo lugar y nunca lo mencionaba, lo borró de un plumazo de sus papeles de identidad y de su vida cuando el padre, un alemán violento amigo de las azotaínas lo lastimó por haber quebrado unos huevos. Ese día siendo apenas un adolescente decidió que se iba de la casa y deambuló por las Verapaces trabajando de peón en la recogida del café y haciendo cualquier labor propia de los asalariados temporales en las fincas a principios del XX. Cuando los súbditos del Káiser alemán eran los mayores exportadores del grano y apenas comenzaba la producción en la bocacosta del sur. Así rumbeando fue cruzando caminos y aumentando en conocimientos, sin haber cursado apenas unos grados de primaria, se formó como un autodidacta aprendiendo a leer bien, a escribir bien y a pensar bien y por si eso fuera poco padecía de una enfermedad incurable: la honradez.
Lo tengo presente casi sacado de una película en blanco y negro, un hombrón alto del porte de John Wayne con manos grandes y una cara alargada curtida por el sol, en donde la nariz y las orejas sobresalían aún con el aludo sombrero que se quitaba sólo para dormir o por respeto a las señoras. Igual que su sombrero vestía siempre de blanco, con pantalón de montar y camisa de manga larga abotonada al cuello, nunca lo vi con corbata. Calzaba botas amarradas hasta las rodillas y un cinturón en donde colgaban tantas llaves que solamente el guardián de las 11 mil vírgenes podría igualar.
Desde que se hizo hombre nunca cambió su apariencia ni su gusto por la vida en el campo, era un tirador excepcional y aunque no blasonaba de ello ni mostraba arma, en una bolsa de cuero que llevaba al hombro mantenía su revólver Colt 1917, calibre .45 de doble acción con cachas de hueso. Precedido de fama de hombre formal e impredecible llegó a la bocacosta de Suchitepéquez allá por 1925 y pronto se convirtió en el apoderado de un millonario de origen mexicano, un hombre ya mayor, experto cultivador de café cuyo grano era solicitado por las más prestigiosas firmas de Hamburgo y pasaba por la mesa de la familia Imperial. Trabó amistad con el escritor don Flavio Herrera quien compartía su vida con una dama en la Finca Las Leonas, también en el área de Chicacao y juntos mantenían una mesa de poker con don ílvaro García un español trotamundos que vivía en Patulul tenido como uno de los Dorados del General Francisco Villa que había estado con él hasta su retirada de Sonora en 1916.
Se mantuvo soltero entregado a cuidar las propiedades del acaudalado médico que se dedicaba a viajar por Europa y así pasó muchos años hasta los albores de la Segunda Guerra Mundial, cuando de pronto así como llegó, un día avisó que se retiraba sin dar explicaciones y no valieron ruegos para hacerlo razonar. La señora de la casa una aristocrática joven mujer de gran belleza, conocida también como virtuosa decían las lenguas que estaba enamorada de él y él de ella. Salió huyendo a donde esas lenguas no lo pudieran encontrar y se dirigió al alto Chixoy en Alta Verapaz y se refugió en aquellas selvas. Sembró café por años y bajaba al Quiché por las navidades cuando ahí vivíamos con mis padres y se quedaba en nuestra casa. Se habían conocido cuando mi abuela tenía propiedades en Suchitepéquez y era como parte de nuestra familia. Nos fascinaba verlo llegar manejando su Ford Roaster con asiento trasero convertible y desmontable a voluntad, una joya de los que sólo había otro en Guatemala. Casi a diario paseábamos los caminos polvorientos del Altiplano y mamá le habló para llevarme a la Confirmación así yo podría llamarlo Padrino. Las tertulias en nuestra casa eran de antología y los niños nos colábamos a ellas. En una de esas, mamá le recordó a la dama que le obligó a huir del mundo y el con una ligera sonrisa le respondió: «Señora, de las mujeres casadas no se habla».
Su refugio en el Río Chixoy despertaba en mí fascinación como si se tratara del País de las Maravillas. Nos contaba de tigres, monos, venados y tapires, ríos poblados de peces y lugares sólo conocidos por los queqchíes, un paraíso llamado el Soch en donde para llegar había que avanzar a lomo de bestia dos días y atravesar un puente colgante que hacía límite con Alta Verapaz. Pasados los años en la década de los 60 estuve muy cerca del Soch cuando remontando el Chixoy llegué con mis hermanos arriba de El Rosario a sólo un día de camino, pero quién sabe por qué misterioso designio nunca pude conocerlo y hoy lo que habría que ver ya no existe, las selvas desaparecieron y en el mapa aquel mágico lugar es solo una idea.
En 1948 dejamos con la familia el Altiplano occidental para venir a la gran ciudad y todavía lo vimos por acá un par de veces, años más tarde supimos que viejo y enfermo decidió que ya no saldría de aquellos lugares. Hace poco repasando mi vida tropecé con su recuerdo y hoy decidí ponerlo en letras.