Por Eduardo Blandón
Más allá de la toma de pelo y el sentido del humor impreso desde la portada hasta la última página, «Mi cuento es corto» es una aproximación sui géneris al mundo de la filosofía. De ser filósofo de oficio su autor, la obra habría sido un compendio de historia de la filosofía, como las clásicas de Giovanni Reale o Guillermo Fraile, pero como Hugo es un libre pensador, el resultado es lo que tendrá (cuando compre el libro) entre sus manos.

¿Y qué tendrá entre sus manos? Un libro libre, un deseo de filosofar, intentos por llegar a una sabiduría olvidada. No es, por tanto, un libro de erudición, un sistema encarnado en páginas ni un texto doctrinal. Aquí no hay un discurso lineal construido de premisas y conclusiones, sino la reflexión expresada en pequeñas máximas y mínimas sentencias.
De aquí que el cuento de Gordillo sea corto. Un cuento porque, ¿qué otra cosa es la filosofía sino invención y ficción? El ejercicio filosófico no dista mucho de quien crea. Inventar a partir de la materia dada, que está muy lejos de ser objetiva y real, es la tarea del filósofo. El especialista en elucubraciones sólo requiere de un punto firme (o al menos que así lo parezca) para dar rienda suelta a la imaginación, navegar entre lo inseguro para arribar a puertos firmes -inventados, verosímiles, pero pleno de molinos de viento-.
Si la filosofía de Gordillo es puro cuento, éste es un cuento «corto». Pequeño porque quizá el autor perciba que la filosofía yerra cuando se extiende demasiado, minúsculo por el parentesco con la poesía, ínfimo porque la sabiduría no admite discursos grandes. La brevedad a la que opta el autor respeta los silencios y se solaza en el vacío, sabiendo que el mundo es inaprehensible, infinito y misterioso. Por eso, la obra renuncia al ejercicio de quien pontifica.
Como quien explora el mundo para atisbar algo de ese misterio, Gordillo aborda la tradición filosófica. Desde una actitud iconoclasta lee a los filósofos, entre saca su doctrina, toma las expresiones y las invierte, las manosea y vulgariza (las saca del sermo nobilis) para descubrir lo nuevo y proponer la reflexión. Con intención o sin ella, el artista de la obra, revela mundos inusitados, no sin un toque de humor.
Rechazando la aridez, desaprobando el gesto adusto y las poses de quien tima a través de la falsa erudición, Gordillo hace del ejercicio reflexivo una tarea gozosa. La lectura de sus «cortos» deja espacio para la sorpresa, los finales inesperados, el ridículo, la burla y a veces el doble sentido. Todos estos ingredientes contribuyen a un resultado que acerca a otro tipo de filosofía, un saber que renuncia a lo convencional. La filosofía de Gordillo será, desde esta perspectiva, una actividad diferente.
Lo otro a lo que opta el autor quizá esté influenciado por Sócrates en la medida en que hay un diálogo que renuncia a lo absoluto y es pura búsqueda. Quizá esté presente san Agustín en la convicción interiorista que vislumbra la verdad no en el exterior, sino en el intimus cordis. Sin duda, lleva la huella de Kierkegaard por el rechazo a los sistemas y su predilección por la existencia. En el melange de Gordillo hay pleno deseos de verdad.
Aunque el carácter de la obra pudiera causar espanto no lo es desde ningún punto de vista. En primer lugar por lo coloquial del lenguaje escrito. Como ya he dicho, este libro dista mucho de ser una Crítica de la razón pura o una Fenomenología del espíritu. El libro ofrece una reflexión mínima para espíritus libres y no ortodoxos. Esto es, haría mal acercarse al trabajo quien desde una actitud conservadora, rigurosa y poco flexible, peregrina en busca del saber claro y distinto. Los cartesianos del mundo deben abstenerse a solicitar el texto so pena de graves problemas de arrepentimiento.
Otra virtud del trabajo tiene que ver con lo exiguo de sus páginas. Al no ser una obra que pretenda intuir el mundo y dejar con claridad meridiana a los lectores, el texto es desenfadado y libre de pretensiones. No es el típico trabajo de quien tiene una apuesta intelectual y le urja su verificación. En realidad es casi un libro anárquico, sin ningún hilo conductor y un solo deseo: pensar desde los márgenes de la filosofía.
Evidentemente, no siempre es fácil el ejercicio de esta naturaleza, de aquí que hayan aforismos quizá un poco desafortunados, vagos y que no den en el punto. Como toda obra humana, el trabajo comporta imperfecciones. No hay que extrañar por consiguiente, ciertas expresiones a veces cantinflescas, poco brillantes y hasta depurables, pero eso lo debe decidir cada lector. El autor sólo transmite su mundo y lo comparte, luego viene la actividad crítica que reconoce o condena el trabajo expresado.
Otra imperfección del texto podría apuntar a cierta chabacanería en la presentación del libro. Una portada que induce al equívoco y sugiere la ambivalencia con intenciones mercadológicas o con afanes (de parte del autor) por aparecer como gracioso, juvenil y hasta simpático. La idea podría ser errónea si se considera que su contenido, aun y cuando es fácilmente adaptable a todo tipo de lector y plástica, no es superficial ni fútil, sino de valor y sentido estético.
Pero es precisamente el sentido estético el que le faltó a la portada por la incongruencia de sus páginas con el rostro de la obra. Aunque a su favor hay que decir que quizá la falta provenga del ejercicio literario de Gordillo que, acostumbrado a satisfacer a un público púber (vía cuentos infantiles) y libertino (como es el mundo de los adultos para quienes escribió también con anterioridad), esta vez, frente a un texto filosófico no supo guardar la compostura y arrastró resabios que provocan ahora cierto asombro.
De cualquier forma, con este libro Hugo Gordillo da un giro copernicano a su producción literaria toda vez que explora nuevos géneros y se atreve a pensar. El autor no se sabe amilanar y libre de complejos re-piensa las cosas. Deconstruye y con la actitud del inadaptado que reclama un mundo mejor, explora nuevos horizontes. Si lo consigue o no, lo dirá el lector, pero el autor ya ha hecho su cocción y en el proceso, con toda seguridad, ha disfrutado del producto que ahora está puesto en la mesa, justamente para usted. Que le aproveche.