Voy a comenzar el comentario de este libro con una afirmación de Perogrullo: escribir no es fácil. Quien se haya sentado alguna vez a redactar algo sabe que el oficio a veces es arduo y, como le puede pasar incluso a los mejores, en ocasiones se lanza las redes y no se pesca nada (aunque se presuma de buen pescador). La dificultad de esta tarea no consiste sólo en el dominio de la técnica -que muchos la tienen en demasía, pero aún así no consiguen buenos textos-, sino también en una condición interna, en un acto de posesión diabólica (o divina, como usted quiera), mucha imaginación, intelecto y hasta mucha experiencia vital.
Es evidente, si se colige con propiedad, que esta profesión -si puede llamársele así- no es para el común de mortales. Uno puede aprender un oficio en una escuela técnica o una profesión en la universidad, pero a escribir simple y sencillamente no se aprende. Déjeme explicarle mejor. No es que uno no pueda aprender a redactar o a escribir informes o cartas de amor a una novia o amante. No se trata de eso. Lo que propongo es que debe diferenciarse al «escribidor» del «escritor».
Escribidores somos, quizá y con suerte, un poco todos: los que escribimos artículos de prensa, cartas de amor, informes de trabajo y hasta eventualmente un cuento o una poesía. Pero eso no me convierte en «escritor» aunque presuma tal título en la plaza central para que los ingenuos y despistados me veneren. Ser escritor no es un accidente: la publicación de un libro o un año de columnas de prensa, sino una realidad, como quizá dirían los filósofos, ontológica.
¿Entonces qué define al escritor? ¿Qué lo distingue del «escribidor»? ¿Quién lo consagra y lo proclama como tal? Hay que ir por partes. Decir que el escritor tiene un peso específico, una «realidad ontológica», quiere decir que él mismo no es una ficción, un invento mágico de su propia fantasía o la de sus amigos que lo rodean y lo engañan. Es escritor porque en él hay una realidad expresada en sus obras. í‰stas no son producto de un propósito a inicios de año ni de la prisa por escribir para un concurso o para el periódico de la mañana, sino el de una necesidad que busca la expresión y la realiza de forma sistemática y con cierta calidad.
Pero no basta escribir sistemáticamente para tener la dignidad de escritor si no (si tomamos como evidencia los que escriben con disciplina sus «blog» cotidianamente por Internet) tendríamos escritores en abundancia y el mundo ya podría desaparecer de tanto gozo. La sistematicidad si no es acompañada por la destreza del buen escribir, por el demonio interno que atenaza el espíritu y por la sabiduría y sentido común, produce una obra llena de palabrerías, un «flatus vocis» que a veces distrae, pero que no tiene mucho valor.
De aquí que, como he dicho antes, los escritores no son legión, aunque los aspirantes sean turbas divinas. Esto podría ofender el espíritu hipersensible de alguno que en su imaginario se concibe como «escritor», pero no debería serlo. Antes bien debe sentirse dichoso si luego de esta nota se coloca en su justa dimensión y toma conciencia de la naturaleza propia.
¿Quién consagra al escritor? Para encontrar respuesta a esta pregunta habría que indagar la vida y obra de Cervantes, Shakespeare o Miguel íngel Asturias. ¿Quién decidió que sí eran escritores? Supongo que los lectores, la crítica, el tiempo, los libros mismos. La calidad de los escritos rebasa la propia apreciación personal, deja huella en el tiempo y siempre consigue nuevos adeptos. ¿Por qué? ¿Por casualidad? No, las obras se defienden solas y los escritores no tienen necesidad de apologetas ni de ponerse el título para ser bendecidos.
Comencé el comentario a la obra de Hugo Gordillo con lo difícil que es escribir no porque él no lo haga bien (que ya diré las cualidades de su «Fiesta fantástica») sino para decir que si escribir cuesta mucho, lo es más si esa escritura se dirige a los niños. No tengo la menor duda que la escritura para niños -que no infantil- es una actividad que necesita de otras destrezas a menudo también poco común por la generalidad de quienes hacen literatura.
La literatura para niños exige una sensibilidad y un talento tal que los genios en este tipo de escritura suelen ser escasos. No se trata, como puede suceder con los relatos para jóvenes y adultos, de soltar cualquier cosa, fantasear y abstraer mundos, sino de acceder a una dimensión poco explorada y a una mente casi nueva. Aquí priva la representación de imágenes conceptuales, la materialización de ideas, el frescor de las palabras y la capacidad para penetrar el espíritu sin hacer violencia. Una tarea así es más bien propia de psicólogos, mistagogos o hechiceros, pero no de gente tosca a quien le parece que la literatura es solo de «soplar y hacer botellas».
Hugo Gordillo posee esa condición que lo vuelve virtuoso en la literatura para niños. Aunque su poesía en ocasiones parece forzada hay en la mayor parte de su obra esa frescura que puede permitir abrir ese espacio vital para el desarrollo mental de los infantes. Eso lo logra gracias a la espontaneidad y al ritmo con que se expresa.
«Fiesta Fantástica» es una celebración de la vida. Hugo Gordillo dibuja un mundo feliz en donde los animales no son enemigos, sino el otro con los que la humanidad está invitada a compartir y vivir en armonía. No hay moralejas en sus poesías porque no tiene un carácter ético, sino el encuentro con las criaturas que pueden también elevar el espíritu humano.
La obra de Gordillo es oportuna para que los niños no sólo hagan ejercicios de lectura en las escuelas, sino también para desarrollar la sensibilidad por la cotidianidad y elevarlos así a una dimensión casi mística de la existencia. Lograrlo podría propiciar la humanidad de los niños y así, el rescate de un mundo mejor.