Hugo Arce, el gran inconforme


Atrás quedaron las controversias, el tono alto de las palabras y la crí­tica implacable. Si la hipótesis del suicidio de Hugo Arce se convierte en una verdad oficial, ahora lo veo como un hombre en llamas, quien prefirió inmolarse antes que rendirse. Lo contemplo como si fuera un monje budista envuelto en fuego para protestar contra el nuevo gobierno. No dejó una carta de despedida, sino una denuncia en que entrega su emblema:

Marco Vinicio Mejí­a

«Te dejo mi bandera invicta, Otto Pérez Molina, te dejo mis sueños para que los hagás realidad, te dejo mi esperanza, mi tierra, mi gente. Te dejo un pueblo oprimido para que lo redimás y te dejo este largo y ancho amor compartido con los patriotas de verdad, que no se vencen, que no se acallan, que dan la vida así­ como la doy yo. Te dejo mi sangre rebelde y contestataria para que regués tus sueños e ideales.»

Hugo es el inconforme radical que convirtió su vida en una hoguera interminable. Así­, su muerte significa un desafí­o para que esta sociedad se transforme en una comunidad comprometida con la verdad. Lleva la boina hasta su última morada, como el militante que no creyó en el suicidio pero sí­ en el martirio.

Su autoinmolación no serí­a un acto de desesperación sino el más rotundo grito de rabia de su existencia. No quiso montar un espectáculo sino consumirse en una celebración de la vida, como deberí­a ser el más puro de los gestos polí­ticos, de dar el don más precioso por aquello en que se cree:

«Por Guatemala vale la pena todo, incluso dar la vida. Pero el dí­a del ajuste de cuentas llegará y entonces, de nuevo, yo estaré presente.»