Hoy como ayer


Hace algún tiempo escribí­a en esta misma columna un artí­culo cuyo nombre recordaba una pelí­cula que viera, también hace muchos años. El nombre de ella recordaba un sentimiento que casi habí­a sido, y es aún, generalmente desconocido: el de la solidaridad entre los seres humanos, recordándolo al hacerse quizá un recordatorio. «Si todos los hombres del mundo» se llamaba.

Carlos E. Wer

En ella, relataba también en mi artí­culo, una serie de radioaficionados, desde sus propios paí­ses se comunicaban para hacer posible el proveer de un medicamento que necesitaba con urgencia un barco pesquero que habí­ase quedado a la deriva en las costas de ífrica del Norte.

No privó en ellos, en ningún momento, el sentido de las diferencias ideológicas o polí­ticas que dividí­a a sus respectivos gobiernos. Solamente el sentimiento de solidaridad ante seres humanos, que aun cuando desconocidos, compartí­a con ellos esa experiencia hermosa que se llama vida y es bellí­simo globo azul que nos sirve de vivienda.

Hoy, el mundo se debate en una crisis económico-financiera que amenaza con lanzar en brazos de la miseria a millones de seres humanos. Que ya despunta en algunos paí­ses, incluyendo a quien ha representado el buque insignia de las polí­ticas neoliberal que han llevado hasta esa ingrata y delicada posición a todas las naciones del planeta.

Hoy también harí­a falta ese sentimiento de solidaridad que llevó a los protagonistas de la pelí­cula a salvar a los desconocidos marinos, que perdidos en alta mar habí­an lanzado el llamado de auxilio. Hoy, se hace cada vez más necesario que aquellos lí­deres que gobiernan los paí­ses más poderosos del mundo, conscientes de su responsabilidad histórica y salvarán a nuestro hogar de la posibilidad de hundirnos, en una destructora y terrí­fica guerra, en la que se empleara lo más sofisticado del letal armamento creado por la inmensa y desviada capacidad alcanzada por el pensamiento humano.

Un mundo expectante, espera ver en la práctica, la implementación de esas medidas universales que logren el milagro. Su situación cada vez más aflictiva les hace esperar que esos lí­deres pudieran lograr ese acuerdo Salvador que les aleje de esa maligna sombra de pobreza.

Hasta hoy, esa esperanza, aun cuando no se ha perdido, no ha logrado cuajar más que en decisiones que giran como «variaciones sobre el mismo tema», otorgando a quienes traicionaron la confianza de sus pueblos, cuantiosas cantidades de dinero, que se corra el riesgo de provocar una enorme hiperinflación que acelere el derrumbe.

Esta columna está escrita ahora, desde el Sutter Solano Hospital de Vallejo California, en donde desde el cuarto 402, he recibido el tratamiento preliminar a mi afección cardiaca. Desde el momento de mi ingreso, un ejército vestido de blanco, verde, azul y morado que distingue las distintas responsabilidades dentro del hospital, se han encargado de atenderme. En esa entrega Filipinos, latinos, estadounidenses, morenos de distintos paí­ses, me han brindado sus atenciones en una solidaridad que me hizo recordarme de aquella pelí­cula que hace tantos años me impresionara.

Y recordé, el pensamiento que llevara a esta nación a representar en su lucha independentista, a la primera república perfectamente soberana, que declarara que la principal responsabilidad del Estado es el bien común.

Ojalá, porque todos los hombres que en el mundo luchamos por esa solidaridad, compartimos con quienes en este paí­s, luchan por recobrar las tradiciones que forjaron esa lucha.

Vallejo, California EE.UU.