A principios de 1981 mi primo Samuel se asomó a la puerta del salón donde yo estaba reunido y me llamó. Salí y fuimos a conversar esa noche en la penumbra de la calle, con cierto sigilo, como las condiciones represivas lo demandaban.
En ese tiempo Samuel Adán (tales sus nombres bíblicos de pila) de León Gómez era catedrático en la Universidad de San Carlos, y pese a que no había realizado su examen público de tesis, impartía cursos de Historia Económica de Centroamérica y Economía Política, en facultades de la tricentenaria. Comentamos apesarados acerca de colegas suyos que habían sido asesinados o desaparecidos. Mi pariente temía por su vida.
Dudaba entre quedarse en el país o salir al exilio de inmediato, dejando a su esposa Violeta Rodríguez, y a sus aún pequeños hijos Marco Raúl, Paola y Juan Sebastián. Y a sus padres, por supuesto. Al analizar su posición de catedrático de las clases que dictaba y las circunstancias prevalecientes, le sugerí que era preferible que él viviera el resto de su vida con la incertidumbre de haber hecho lo correcto al abandonar a su familia, o la probable certeza de que sus parientes lo sepultáramos o intentáramos localizar su cuerpo si era víctima de una desaparición forzosa. Tomó la segunda opción. Se hicieron los arreglos del caso, le ayudé con el poco dinero con el que contaba. Dos días más tarde, partió.
Los años transcurrieron. Antes, su mujer e hijos emigraron a la ciudad de Puebla. Allí me reuní con él cuando también tuve que salir huyendo tras un fallido secuestro del que pude salir ileso, después de ser amenazado. Yo retorné a Guatemala cuando las condiciones eran propicias. Para entonces, Samuel se había abierto campo en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) en la que, a la vez que enseñaba, se graduó de licenciado en Historia, el mismo año de su partida de Guatemala, cobijado por la figura del maestro Severo Martínez, uno de los historiadores guatemaltecos más notables, quien era investigador de la BUAP, pues radicaba en Puebla, al igual que otros destacados guatemaltecos perseguidos por los gobiernos militares.
El 28 de septiembre pasado, durante una solemne ceremonia que presidió el rector de la BUAP, doctor Enrique Agí¼era Ibáñez, el secretario general y 4 vicerrectores de esa casa de la ciencia y la cultura mexicana, junto con otros contados catedráticos de la misma, el licenciado Samuel de León, originario de la cabecera departamental de San Marcos, diplomado en varias disciplinas, con maestría en Ciencias de la Educación y especializado en Literatura Mexicana y Universal, fue objeto de relevante homenaje con ocasión de haber cumplido 30 años de docencia en esa universidad.
Es un honor que dignifica aún más a este modesto académico guatemalteco, quien previamente fue profesor de educación primaria y secundaria en su tierra natal, en establecimientos de educación media públicos y privados de la ciudad de Guatemala y catedrático auxiliar en la carolina durante 7 años, después de graduarse de maestro de educación primaria en el Instituto Normal Mixto de Occidente (INMO) Justo Rufino Barrios en el pueblo donde nació.
Imposible mencionar toda la actividad académica de Samuel, como docente e investigador, y quien únicamente lamenta no haber contribuido a la formación de la juventud guatemalteca. Sus hijos ejercen sus profesiones en Puebla, donde han formado sus hogares
La Academia guatemalteca ha de sentirse honrada por los méritos de uno de los suyos, aunque ignorado en su ciudad y su país de origen.
(A propósito del 67 aniversario de la caída de la dictadura ubico-poncista, el maestro Romualdo Tishudo, catedrático de Historia en una universidad privada de Guatemala, le plantea a un alumno: -Comente algo sobre el 20 de octubre. El joven replica:-¿De qué año, profe?).