Continuaremos en la columna de este sábado, exponiendo nuestros puntos de vista sobre la música de Robert Schumann, en este año de homenaje y dedicada además como tributo de devoción a Casiopea, esposa dorada, camino de eternidad, flor horaria que crece eterna en el centro de mi alma, suave lucero élfico que brilla en nuestra casa-ancla. Campanada de estrellas que se hunde en mi vida cotidiana cual raíz de sauco.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela A mi padre, maestro Celso Lara Calacán, con inmenso amor.
Debemos afirmar que, aunque en el aspecto humano no sean tantas las coincidencias como en el proceso creacional, entre Schumann y Schubert se produce un paralelismo artístico que en ocasiones hace que el primero de estos músicos aparezca como sucesor del segundo. Schumann tampoco se sintió cómodo en las grandes formas, y, como Schubert, las resolvió a base de prodigar su facilidad melódica en perjuicio de los desarrollos y variaciones. Por otra parte, no tenía el don de la planificación de las estructuras sinfónicas y los defectos de orquestación son notables, con lo cual sus construcciones musicales resultan más interesantes por la poesía de la idea, por la efusión del concepto y por la belleza lírica que por la técnica arquitectónica. La inspiración es tan potente y tan notablemente expresiva que dispensa todas las carencias que pudo sufrir el autor de Carnaval.
En otro sentido cabe establecer también una relación Schumann-Schubert en el mundo del lied, como ya lo vimos, pues ambos compositores consiguieron sus más grandes realizaciones en esta especialidad, para la que Schumann estuvo dotado como pocos. Sus melodías generosas y sus acompañamientos pianísticos se identifican tan exactamente con la frase poética que ambos elementos -letra y música- crean en verdad el poema lírico indivisible. Y aún otra senda paralela: el piano que a los dos compositores proporcionó el medio de expresión idóneo. Como músico romántico, Schumann trabajó por instinto las estructuras libres y abiertas que le permitían aprovechar todo lo que su imaginación creaba, trasladando a sus composiciones una fantasía y una variedad de sentimientos que sólo la escritura para el piano recogió. Escritura polifónica en muchas obras, como aportación majestuosa a un proceso compositivo que se enriquece con el ritmo y la armonía más diversos; con el vuelo de un lirismo humanísimo. Puede decirse que Schumann llevó a sus últimos efectos una nueva forma pianística basada en la unión de pequeñas partes que forman un todo de amplia estructura aglutinado por una imagen poética de gran belleza.
LA MíšSICA PARA PIANO
La importante producción que Schumann dedicó al piano se inicia con los Estudios Sinfónicos. Algunos musicólogos han querido ver en esta obra una imagen de los Estudios de Chopin, publicados en 1833, un año antes que la composición de Schumann, pero es evidente que muchas cosas separan ambas obras, especialmente el hecho de que los Estudios Sinfónicos, a diferencia de las piezas de Chopin, constituyen una composición que no puede fragmentarse, ya que está formada por un tema y doce variaciones sin interrupción.
El motivo musical del que surgen las variaciones no pertenece a Schumann, sino a von Fricken, padre de la novia que tuvo el compositor y que ya nos referimos. Es una melodía amable, majestuosa, la cual no es transferida siempre a las variaciones. Esta circunstancia es remarcable porque significa un nuevo criterio en la técnica de la variación, criterio que influyó notablemente en Brahms. Schumann no sintió la necesidad -y menos la obligatoriedad- de que irremediablemente el tema melódico fuese el generador de todas las variaciones. Le bastaba con fijarse en un efecto armónico para que la invención creara la variación, que unas veces tendrá un carácter dramático, otras risueño y cambiará a otros matices según lo dicte la imaginación del artista. Como anécdota quizá valga la pena anotar que la última variación pertenece a una ópera de Marschner (1795-1861) cuya significación es haber anticipado el uso de los leit-motivs.