Hombres de verdad


Fue durante un viaje de Villa Hermosa, Tabasco hacia el Distrito Federal. Un viaje que en los cincuentas tardaba lo menos diecisiete horas. Un amigo y compañero de trabajo me prestó un libro cuyo nombre es, precisamente, el que encabeza este artí­culo. Aprovechando las paradas que efectuaba el bus para tomar ventaja de la luz, permití­a que la lectura que me apasionara fuese terminada al llegar al Distrito Federal.

Carlos E. Wer

Y esa lectura en la que se admira al hombre en su lucha, me dejó grandes enseñanzas. Y también dudas. ¿Quién es un hombre? ¿Es solamente un animal racional clasificado desde el punto de vista zoológico como mamí­fero del orden de los primates, suborden de los antropoides y clase de los homí­nidos? ¿Satisface esa definición?! ¡No totalmente! ¿Y aquella que describe qué hombre se refiere a la clase humana en general? ¿O al varón en particular? Tampoco.

¿Qué hace entonces al hombre diferente? ¿Qué hace posible que el hombre se agigante ante esa simple clasificación, y pueda actuar acorde a los principios y valores? ¡Qué lo hace, ante situaciones en las que, aún lo más valioso de la existencia está en juego, mantenga una actitud de hombrí­a, de rectitud, de veracidad? ¿Qué fuerza le impulsa, aun ante el peligro, a mantener esos valores, esos principios, sin importar el precio que por ello pague?

Y todo empezó, en esa madrugada en la que un puñado de jóvenes asaltara una fortaleza militar. Esa madrugada, habí­a sido escogida por un grupo de jóvenes para liberar a su patria de las cadenas impuestas por el imperio, quien usara un testaferro como instrumento de dominación y de entrega. Su objetivo inmediato, al asaltar la unidad militar, era no solamente hacerse de armamento necesario para iniciar la insurrección en todo el territorio nacional. Mas el asalto fracasaba a pesar del í­mpetu juvenil de los atacantes.

Aparte de los jóvenes que cayeron en el intento, quienes buscaban escapar fueron «cazados» por la tropa que azuzada por las instrucciones del tirano, exigí­a que, por cada soldado muerto deberí­an ser ejecutados diez asaltantes. La masacre no se hizo esperar. Como a las tres de la tarde, más de 80 jóvenes habí­an sido asesinados. Solamente algunos, dada la intervención de la jerarquí­a católica evita que ese número creciera.

Tres dí­as después del intento fallido, tres jóvenes que habí­an logrado escapar se escondí­an en las fincas cercanas a la Gran Piedra. Prácticamente fundidos, encuentran en un pequeño rancho la posibilidad de permitirle a sus fatigadas fuerzas la necesidad de un reparador sueño. Sin tomar medidas de seguridad, vencidos por el cansancio, las olvidan. Ese craso error, les costará ser despertados bruscamente por los fusiles de una patrulla militar al mando del teniente Sarrí­a. Capturados, son indagados en el mismo lugar en que habí­an sido sorprendidos. Francisco González Calderí­n dirí­a el que aparentaba ser el jefe del pequeño grupo.

Es así­, como la historia une a estos dos personajes extraordinarios, ejemplo de valor, de carácter, de fortaleza moral, de integridad y de un alto sentido de responsabilidad por sus actos. Esa clase especial de seres humanos, son ejemplos. Ejemplos a imitar y a seguir. Y hoy, quiero hablar de una pareja de hombres que con sus viriles, honestas y veraces actitudes, se convierten uno en el paradigma de la rectitud militar y el otro, el hombre que cambiarí­a la faz de su paí­s y lo elevara por sobre el resto de sus hermanos de una América Latina, que aun con cerca de 200 años después de que los padres de la independencia lo desatarán del imperio español, se les mantiene, a la mayorí­a, atados, explotados, ignorantes y pobres.

La tropa a quienes la muerte de sus compañeros les habí­a alimentado la sed de venganza, esperaban que las «órdenes superiores» pudiesen cumplirse. Sin embargo, es aquí­, en donde el negro teniente Sarrí­a no solamente da una muestra de rectitud y de honestidad, sino que, con sus actos y aun sin saberlo aseguraba al impedir que la tropa asesinara a los jóvenes rebeldes, un lugar privilegiado en la historia de su patria. «Las ideas no sea matan» les repitió Sarrí­a, al mismo tiempo que ordenaba dirigirse hacia Santiago de Cuba en donde entregarí­a a los prisioneros a las autoridades civiles. Una nueva prueba para su fortaleza encontrarí­a al toparse con el Comandante Pérez Chaumont, quien exigí­a la entrega de los prisioneros. Una nueva tajante respuesta negativa. ¡No los entrego! El sabí­a que entregarlos era la muerte segura para ellos.

Camino a Santiago Gonzalez Calderí­a sorprendido de la ejemplar actitud del oficial, le aclaró: «no quiero engañarlo. Mi nombre es Fidel Castro».

Sarrí­a habí­a así­ asegurado la vida de quien triunfador de la Sierra Maestra, entrarí­a más tarde a La Habana y convertido a Cuba en «Territorio Libre de América».