Fue durante un viaje de Villa Hermosa, Tabasco hacia el Distrito Federal. Un viaje que en los cincuentas tardaba lo menos diecisiete horas. Un amigo y compañero de trabajo me prestó un libro cuyo nombre es, precisamente, el que encabeza este artículo. Aprovechando las paradas que efectuaba el bus para tomar ventaja de la luz, permitía que la lectura que me apasionara fuese terminada al llegar al Distrito Federal.
Y esa lectura en la que se admira al hombre en su lucha, me dejó grandes enseñanzas. Y también dudas. ¿Quién es un hombre? ¿Es solamente un animal racional clasificado desde el punto de vista zoológico como mamífero del orden de los primates, suborden de los antropoides y clase de los homínidos? ¿Satisface esa definición?! ¡No totalmente! ¿Y aquella que describe qué hombre se refiere a la clase humana en general? ¿O al varón en particular? Tampoco.
¿Qué hace entonces al hombre diferente? ¿Qué hace posible que el hombre se agigante ante esa simple clasificación, y pueda actuar acorde a los principios y valores? ¡Qué lo hace, ante situaciones en las que, aún lo más valioso de la existencia está en juego, mantenga una actitud de hombría, de rectitud, de veracidad? ¿Qué fuerza le impulsa, aun ante el peligro, a mantener esos valores, esos principios, sin importar el precio que por ello pague?
Y todo empezó, en esa madrugada en la que un puñado de jóvenes asaltara una fortaleza militar. Esa madrugada, había sido escogida por un grupo de jóvenes para liberar a su patria de las cadenas impuestas por el imperio, quien usara un testaferro como instrumento de dominación y de entrega. Su objetivo inmediato, al asaltar la unidad militar, era no solamente hacerse de armamento necesario para iniciar la insurrección en todo el territorio nacional. Mas el asalto fracasaba a pesar del ímpetu juvenil de los atacantes.
Aparte de los jóvenes que cayeron en el intento, quienes buscaban escapar fueron «cazados» por la tropa que azuzada por las instrucciones del tirano, exigía que, por cada soldado muerto deberían ser ejecutados diez asaltantes. La masacre no se hizo esperar. Como a las tres de la tarde, más de 80 jóvenes habían sido asesinados. Solamente algunos, dada la intervención de la jerarquía católica evita que ese número creciera.
Tres días después del intento fallido, tres jóvenes que habían logrado escapar se escondían en las fincas cercanas a la Gran Piedra. Prácticamente fundidos, encuentran en un pequeño rancho la posibilidad de permitirle a sus fatigadas fuerzas la necesidad de un reparador sueño. Sin tomar medidas de seguridad, vencidos por el cansancio, las olvidan. Ese craso error, les costará ser despertados bruscamente por los fusiles de una patrulla militar al mando del teniente Sarría. Capturados, son indagados en el mismo lugar en que habían sido sorprendidos. Francisco González Calderín diría el que aparentaba ser el jefe del pequeño grupo.
Es así, como la historia une a estos dos personajes extraordinarios, ejemplo de valor, de carácter, de fortaleza moral, de integridad y de un alto sentido de responsabilidad por sus actos. Esa clase especial de seres humanos, son ejemplos. Ejemplos a imitar y a seguir. Y hoy, quiero hablar de una pareja de hombres que con sus viriles, honestas y veraces actitudes, se convierten uno en el paradigma de la rectitud militar y el otro, el hombre que cambiaría la faz de su país y lo elevara por sobre el resto de sus hermanos de una América Latina, que aun con cerca de 200 años después de que los padres de la independencia lo desatarán del imperio español, se les mantiene, a la mayoría, atados, explotados, ignorantes y pobres.
La tropa a quienes la muerte de sus compañeros les había alimentado la sed de venganza, esperaban que las «órdenes superiores» pudiesen cumplirse. Sin embargo, es aquí, en donde el negro teniente Sarría no solamente da una muestra de rectitud y de honestidad, sino que, con sus actos y aun sin saberlo aseguraba al impedir que la tropa asesinara a los jóvenes rebeldes, un lugar privilegiado en la historia de su patria. «Las ideas no sea matan» les repitió Sarría, al mismo tiempo que ordenaba dirigirse hacia Santiago de Cuba en donde entregaría a los prisioneros a las autoridades civiles. Una nueva prueba para su fortaleza encontraría al toparse con el Comandante Pérez Chaumont, quien exigía la entrega de los prisioneros. Una nueva tajante respuesta negativa. ¡No los entrego! El sabía que entregarlos era la muerte segura para ellos.
Camino a Santiago Gonzalez Caldería sorprendido de la ejemplar actitud del oficial, le aclaró: «no quiero engañarlo. Mi nombre es Fidel Castro».
Sarría había así asegurado la vida de quien triunfador de la Sierra Maestra, entraría más tarde a La Habana y convertido a Cuba en «Territorio Libre de América».