«Jamás volvería a irme de mojado a Estados Unidos, pues se sufre mucho no sólo durante la travesía, ya que quienes llegan se encuentran con una realidad distinta. Se sufre mucho», me narró Juan* quien al cumplir 21 años decidió irse al norte.
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En Guatemala dejó a esposa y su pequeña hija. Para pagarle al «coyote», como muchos que se animan a viajar de «mojados», se vendió algunas pertenencias y familiares cercanos le prestaron dinero.
Durante la travesía observó las barbaridades que los involucrados en el tráfico ilegal de personas cometen en contra de hombres, mujeres y niños. Vio de todo. Hubo momento en que quiso intervenir, pero prefirió no involucrarse puesto que su vida podía correr peligro.
Sed, hambre, noches de insomnio y, sobre todo, la incertidumbre de si había tomado la decisión correcta lo acompañaron durante los 22 días que duró la travesía.
«Por las noches pensaba en mi familia. No llevaba mucho dinero en efectivo, puesto que los coyotes a cada rato exigen dólares. Me atormentaba si iba a encontrar trabajo de inmediato. Pero a pesar de todo, la idea de hacer dinero nunca se borró de mi mente», me dijo.
Al llegar a Los íngeles, de inmediato se contactó con chapines y centroamericanos. A todos les daba recomendación para que le consiguieran trabajo. Iba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para de inmediato tener dinero para cubrir sus necesidades. Sin embargo, lo único que había aprendido era manipular máquinas de hacer ropa. Habían pasado 20 días y el dinero escaseaba.
De pronto se contactó en una empresa manufacturera, donde aceptaban indocumentados, y soportó el arduo trabajo por dos años. Empezó a enviar dinero para pagar la deuda y que su esposa ahorrara un poco. Lo despidieron y nuevamente quedó sin trabajo. Hizo de todo para sobrevivir. Comía poco, dormía en la calle y ya no enviaba dinero.
«Pasé frío, días sin comer y estuve a punto de robar. Algunas noches lloraba de la desesperación. Sólo pensar en mi nena, esposa y familiares me levantaba el ánimo. Fueron semanas negras de mi vida. Cuando me preguntan si estoy dispuesto a regresar, a todos les digo que jamás haría algo así. Nunca regresaré de mojado a Estados Unidos», me contó.
Juan en la actualidad trabaja como guardián de un parqueo ubicado en el Centro Histórico. Cumple un horario. Gana un salario mensual y, por sus horarios, tiene la oportunidad de realizar y dar otros servicios a los clientes del negocio. Lleva una familia de hogar y su hija ya va a la escuela.
Aunque no le pagan en dólares y sus posibilidades de comprarse productos suntuosos está alejado de su realidad, vive una vida tranquila y productiva. Es un buen padre y esposo, y a sus amigos les aconseja que estudien, que se esfuercen puesto que «en Guatemala, se puede vivir y trabajar, no es necesario sufrir tanto por lograr un sueño que es irreal» me dijo.
*Nombre ficticio.
* ¿Quién nos defiende? La gasolina, el azúcar y varios productos básicos subieron de precio. El gobierno argumenta que no tiene la potestad para controlar a los productores y distribuidores de estos y otros productos. Mientras tanto, la familia guatemalteca ve con tristeza como el salario no alcanza ni para cubrir sus más ingentes necesidades.
* Sin oportunidades. ¿Por qué estos niños en vez de lustrar hasta el día domingo no están jugando o descansando? Me preguntó mi hijo Santiago, en una oportunidad que íbamos a entrar a ver un partido de futbol al Mateo Flores. Guatemala me duele más ahora que hace 25 años.
* Buena música. Un día de estos voy a ir a la sexta avenida del Centro Histórico, a comprar un par de discos de marchas de Semana Santa. Esta música me encanta, tal vez porque me recuerda mi niñez.