Historia ficticia para los que carecen de Internet


Este articulejo está dedicado a mis contados lectores que carecen del servicio de Internet y no tiene más propósito que provocar sonrisas en sus rostros, puesto que se trata de una historia policí­aca ficticia; pero aleccionadora.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

Romualdo Tishudo, quien reside en una colonia de la clase media, tiene el sueño muy liviano, de manera que una de estas noches se dio cuenta que alguien caminaba sigilosamente por el jardí­n de su casa. Se levantó a tientas, sin encender la luz de su habitación, en silencio y se quedó escuchando los leves ruidos. Pudo ver una silueta pasando por la ventana del baño.

Como la vivienda del solterón Romualdo es muy segura, puesto que tiene colocadas rejas en las ventanas y él se encarga de colocar todas las noches sólidas trancas en las puertas del interior de la residencia, no tení­a mucho temor en ese momento, pero de todas maneras optó por llamar telefónicamente para pedir auxilio.

Tomó su teléfono celular y se dirigió a un rincón de su morada. Hablando muy quedito llamó al número 110 de la Policí­a Nacional Civil. A la operadora telefónica que lo atendió, Romualdo le contó brevemente lo que estaba sucediendo en su residencia, a la vez que le proporcionó la dirección, solicitando que una autopatrulla llegara de inmediato.

La telefonista de la PNC le preguntó si el ladrón estaba armado, si era uno solo, cómo era su complexión fí­sica y otros detalles que el aprensivo ciudadano no estaba en capacidad de conocer. La operadora del 110 casi le pregunta el estado civil del merodeador y el número de su cédula de vecindad.

La agente le indicó que no habí­a una autopatrulla cerca de la residencia del señor Tishudo, pero que iban a mandar a alguien para ver qué hací­a en su auxilio y que si ocurrí­a cualquier otra cosa que volviera a llamar.

Tres minutos más tarde mi indefenso compadre volvió a llamar al 110. La respuesta fue similar a la anterior; pero la operadora reiteró que tan pronto fuera posible iban a llegar dos o tres agentes de la PNC.

Como el sospechoso seguí­a en el interior, Romualdo repitió la llamada cinco minutos después y le dijo a la operadora con voz calmada: -Hace un rato la llamé porque habí­a alguien en mi jardí­n; pero ahora no hay necesidad de que se apresuren, porque ya maté el tipo con un tiro de escopeta calibre .12 que tengo guardada en mi armario, para usarla en circunstancias como la actual. Le volé la cabeza con la bala y ahora sus sesos están regados por el jardí­n. Y colgó.

Pasados menos de seis minutos, frente a la casa de Romualdo estaban apostadas cinco autopatrullas, con unos 20 policí­as armados hasta los dientes, como suelen decir los escritores de novelas policí­acas y los guionistas de pelí­culas del mismo género. Sobre la vivienda, un helicóptero hací­a maniobras con sus luces encendidas. Afuera, se distinguí­a la galana figura del Procurador de los Derechos Humanos, así­ como varios miembros del grupo de Guardianes del Vecindario; dos fiscales del Ministerio Público, que se hací­an acompañar de un médico forense, una psicóloga de la Oficina de Atención a la Ví­ctima y un fotógrafo del Departamento de Prensa; cinco diputados de la Comisión de Derechos Humanos, algunos de ellos ligeramente socados, y elementos de los dos cuerpos de bomberos dispuestos a entrar en acción antes que nadie.

También se encontraba el despeinado Mario Polanco, dirigente del Grupo de Apoyo Mutuo; la audaz legisladora Roxana Baldetti; dos abogados de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado; un discreto empleado de la embajada de Estados Unidos, probablemente miembro de la DEA, y, por supuesto, reporteros de medios impresos, radiales y televisivos convenientemente equipados.

Media docena de policí­as detuvieron al presunto ladrón, antes de que las locatarias de un mercado vecino, que se habí­an despertado por el barullo, intentaran lincharlo. El supuesto delincuente estaba pálido, con el rostro desencajado, arrepentido de su osadí­a. Pensó que habí­a entrado a la casa de un ministro de Estado.

En medio del tumulto el jefe de la Estación de Policí­a del sector se aproximó a Romualdo a quien le espetó: -¡Creí­ haber oí­do que usted habí­a matado al ladrón! Mi paisano replicó: -¡Creí­ que me habí­an dicho que no tení­an ninguna autopatrulla disponible!