Este articulejo está dedicado a mis contados lectores que carecen del servicio de Internet y no tiene más propósito que provocar sonrisas en sus rostros, puesto que se trata de una historia policíaca ficticia; pero aleccionadora.
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Romualdo Tishudo, quien reside en una colonia de la clase media, tiene el sueño muy liviano, de manera que una de estas noches se dio cuenta que alguien caminaba sigilosamente por el jardín de su casa. Se levantó a tientas, sin encender la luz de su habitación, en silencio y se quedó escuchando los leves ruidos. Pudo ver una silueta pasando por la ventana del baño.
Como la vivienda del solterón Romualdo es muy segura, puesto que tiene colocadas rejas en las ventanas y él se encarga de colocar todas las noches sólidas trancas en las puertas del interior de la residencia, no tenía mucho temor en ese momento, pero de todas maneras optó por llamar telefónicamente para pedir auxilio.
Tomó su teléfono celular y se dirigió a un rincón de su morada. Hablando muy quedito llamó al número 110 de la Policía Nacional Civil. A la operadora telefónica que lo atendió, Romualdo le contó brevemente lo que estaba sucediendo en su residencia, a la vez que le proporcionó la dirección, solicitando que una autopatrulla llegara de inmediato.
La telefonista de la PNC le preguntó si el ladrón estaba armado, si era uno solo, cómo era su complexión física y otros detalles que el aprensivo ciudadano no estaba en capacidad de conocer. La operadora del 110 casi le pregunta el estado civil del merodeador y el número de su cédula de vecindad.
La agente le indicó que no había una autopatrulla cerca de la residencia del señor Tishudo, pero que iban a mandar a alguien para ver qué hacía en su auxilio y que si ocurría cualquier otra cosa que volviera a llamar.
Tres minutos más tarde mi indefenso compadre volvió a llamar al 110. La respuesta fue similar a la anterior; pero la operadora reiteró que tan pronto fuera posible iban a llegar dos o tres agentes de la PNC.
Como el sospechoso seguía en el interior, Romualdo repitió la llamada cinco minutos después y le dijo a la operadora con voz calmada: -Hace un rato la llamé porque había alguien en mi jardín; pero ahora no hay necesidad de que se apresuren, porque ya maté el tipo con un tiro de escopeta calibre .12 que tengo guardada en mi armario, para usarla en circunstancias como la actual. Le volé la cabeza con la bala y ahora sus sesos están regados por el jardín. Y colgó.
Pasados menos de seis minutos, frente a la casa de Romualdo estaban apostadas cinco autopatrullas, con unos 20 policías armados hasta los dientes, como suelen decir los escritores de novelas policíacas y los guionistas de películas del mismo género. Sobre la vivienda, un helicóptero hacía maniobras con sus luces encendidas. Afuera, se distinguía la galana figura del Procurador de los Derechos Humanos, así como varios miembros del grupo de Guardianes del Vecindario; dos fiscales del Ministerio Público, que se hacían acompañar de un médico forense, una psicóloga de la Oficina de Atención a la Víctima y un fotógrafo del Departamento de Prensa; cinco diputados de la Comisión de Derechos Humanos, algunos de ellos ligeramente socados, y elementos de los dos cuerpos de bomberos dispuestos a entrar en acción antes que nadie.
También se encontraba el despeinado Mario Polanco, dirigente del Grupo de Apoyo Mutuo; la audaz legisladora Roxana Baldetti; dos abogados de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado; un discreto empleado de la embajada de Estados Unidos, probablemente miembro de la DEA, y, por supuesto, reporteros de medios impresos, radiales y televisivos convenientemente equipados.
Media docena de policías detuvieron al presunto ladrón, antes de que las locatarias de un mercado vecino, que se habían despertado por el barullo, intentaran lincharlo. El supuesto delincuente estaba pálido, con el rostro desencajado, arrepentido de su osadía. Pensó que había entrado a la casa de un ministro de Estado.
En medio del tumulto el jefe de la Estación de Policía del sector se aproximó a Romualdo a quien le espetó: -¡Creí haber oído que usted había matado al ladrón! Mi paisano replicó: -¡Creí que me habían dicho que no tenían ninguna autopatrulla disponible!