Con las tarjetas de crédito sobregiradas, un señor (que no hay por qué llamarlo X) se planteó endeudarse más para pagar las deudas adquiridas con anterioridad. Su salario se destinaba únicamente a abonar sus deudas que, si todo va bien, las terminará de pagar dentro de 36 meses, eso si el mundo no se acaba en diciembre.
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Este señor –está de más imaginarlo– no ha sido capaz de alimentarse bien. Claro está que podría conformarse con un pan con mantequilla, pero como no sólo de pan vive el hombre, se vio en la necesidad de comprar carne de res; y ante el encarecimiento de este producto, se vio empujado a tomar medidas extremas. El médico le había recomendado una dieta balanceada, especialmente en proteínas y carbohidratos, y no solamente excrementos humanos, que es lo que usualmente comemos a diario. Éste es el inicio de una historia que me contó Virgilio Piñera, y que yo investigué el resto.
Entonces se bajó el pantalón y, con un cuchillo con filo, se rebanó un pedazo de sus glúteos. Con un poco de aceite, lo cocinó a fuego lento con un poco de vino, quince minutos por lado, aderezado con pimienta y orégano. Tras pasado el tiempo de cocción, todavía lo asó ligeramente en una parrilla, y luego se preparó para degustar el pedazo de carne, a sabiendas que quizá pasarían semanas antes de volver a probar algo parecido.
Antes de sentarse a la mesa, el timbre sonó. Era su primo, que había “merecido” mejor suerte que él, por lo que tenía una rampante empresa, que le evitaba el preocuparse por las deudas. Al entrar, olfateó el platillo recién cocinado y le cuestionó que cómo pudo haber conseguido la carne. Entonces, el anfitrión, orgulloso, le mostró de dónde lo había conseguido, y lo invitó a degustar.
Su primo, empresario como pocos, se le iluminó e ideó la forma de empezar a comercializar la carne humana. Dos semanas después, con patente de comercio en mano, su primo inició operaciones de su empresa que explotaba carne humana, pagando regalías de sus ganancias del 1% al Estado. Sus principales proveedores, al principio, habían imaginado que no debían ceder a las presiones de vender su producto, sobre todo porque podría ser comercializado por ellos mismos, o, en último caso, consumido en sus mesas. Sin embargo, el primo empresario lanzó una exitosa campaña en contra de la ganadería de subsistencia, y pronto los habitantes se vieron obligados a vender sus propias carnes.
“Si usted vende, podría obtener dinero para adquirir ropa lujosa, con la cual se cubrirían la piel con llagas, consecuencia directa por este tipo de negocio”, repetía la campaña que instaba a ser su propio jefe, con ventas que podrían tener ganancias de acuerdo con las capacidades.
Y así aquel pueblo andaba en los puros huesos, literalmente; pero a pesar de ser tan lucrativo el negocio, las tarjetas de crédito estaban siempre sobregiradas, y los bancos no se daban abasto para atender las solicitudes de más préstamos.
Algunos, los más listos, decidieron no comercializar sus carnes en el mercado local, y se enteraron que en el Norte compraban a un precio mayor, y en una moneda con mayor poder adquisitivo. Pero el final casi siempre era el mismo, y aunque por teléfono aseguraran a sus familias “estoy bien, estoy bien”, la realidad era muy distinta.
La situación llegó a puntos insoportables, a tal punto de que un Salvador divino descendió a la Tierra para revertir la situación. Pero dos mil años después, nos damos cuenta de que cada vez estamos peor. Este Salvador fue ultimado por unos sicarios, y tratado como un ladrón. “Tomen y coman todos de Él”, dijo a los victimarios, mientras ofrecía su cuerpo.
Desde entonces, los que comercializan (con) humanos han sabido mantener el negocio más o menos en un punto sostenible. Han creado programas asistenciales para mantener al ganado más o menos con algo de carnita. Cuando el negocio va a la baja, le suben al precio de la carne de res, y todo empieza otra vez.