Hispano desfigurado en Irak cautiva al público


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No importa cuántos golpes le aseste la vida: José René Martí­nez no es de los que se rinden.

Prueba de ello es su presencia en la final del programa «Dancing with the Stars» (Bailando con las Estrellas), a la que accedió desafiando la ley de las probabilidades: hijo de madre soltera que llegó a Estados Unidos ilegalmente, Martí­nez sobrellevó una infancia dura y tiene el rostro desfigurado por el estallido de una bomba cuando serví­a en Irak.

Por CLAUDIA TORRENS NUEVA YORK
 Agencia AP

Pese a todo, este joven hispano de 28 años que se hace llamar «JR» derrocha alegrí­a y se ha convertido en una inspiración para las personas con impedimentos fí­sicos o que arrastran las secuelas de quemaduras. Y en particular para otros veteranos de guerra en su misma situación.

«JR es tan inspirador que creo que es casi contagiosa la forma en que el público y todo el mundo quiere apoyarle, quererle. Quieren todo lo mejor para él. Todos quieren que tenga éxito», declaró la productora de «Dancing…» Deena Katz.

Quienes lo conocen no se sorprenden de que haya llegado tan lejos. Después de todo, JR está acostumbrado a luchar contra la adversidad, y a salir adelante.

Abandonado a los nueve meses de edad por su padre mexicano y criado por una madre salvadoreña sin papeles y con dos empleos, Martí­nez ha afrontado numerosos obstáculos desde pequeño. Los ha superado con unas inagotables ganas de vivir y un optimismo a prueba de balas.

«Soy latino. Mi mamá me poní­a de pequeño la televisión en español, Univisión y Telemundo, y yo un dí­a le dije ‘mamá yo quiero ser un orgullo hispano. Quiero representar a mi gente»’, explicó Martí­nez a The Associated Press durante una entrevista telefónica. «Para mí­, estar en este programa ahorita, representa que muchos latinos me ven, quizás me consideran un ejemplo y eso me demuestra que sí­ se puede, se puede salir adelante».

JR, un multifacético joven de 28 años nacido en Shavenport, Luisiana, se desempeña como actor e impresiona con sus habilidades en la pista de baile, pero es la dramática historia de su vida lo que le ha convertido en un personaje inspirador, con miles de seguidores que escuchan sus discursos de motivación.

Junto a la bailarina profesional Karina Smirnoff, Martí­nez es uno de los tres finalistas de la decimotercera temporada del programa de la cadena ABC, compitiendo ahora contra Rob Kardashian y Ricki Lake. JR, nombrado recientemente gran mariscal del Desfile de las Rosas 2012 en Pasadena, California, pasó de ser prácticamente un desconocido a acaparar la atención de millones de televidentes cada lunes por la noche.

«Obviamente él era el personaje menos famoso del reparto cuando le entrevistamos por primera vez en el programa», dijo la productora de «Dancing…» Katz.

«Pero desde el momento en que le conocí­, vi en él un carisma, un encanto y una honestidad que creo es muy rara. El hace que cada miembro de la audiencia sienta que es especial para él. Martí­nez mira a la cámara y uno cree en su sinceridad».

Martí­nez nació en 1983. Su madre, Marí­a Zavala, habí­a llegado a Estados Unidos desde Polorós, en el departamento de La Unión, en El Salvador, un año antes. Detrás habí­a dejado a sus dos hijas, Consuelo y Anabel, para que fueran criadas durante un tiempo por su familia.

«Su pensamiento era trabajar dos años, ganar dinero, y volver a su paí­s con sus hijas y cuidarlas. Pero conoció a mi papá y me tuvo a mí­. Cuando yo tení­a nueve meses él decidió no estar en la vida de nosotros y se fue. Por eso siempre digo que soy 100% salvadoreño», explicó.

JR nunca olvidará cuando tení­a 4 años y encontró a Zavala llorando en casa. Su hija Anabel habí­a muerto debido a una enfermedad. La fortaleza que demostró Zavala para superar esa tragedia inspiró a Martí­nez a ser mejor persona y a darle ánimos en momentos duros de su vida, explicó.

Cuando tení­a 9 años, su madre logró un empleo en Tyson Foods, en el estado de Arkansas. El cambio fue duro para Martí­nez, quien dijo que era uno de los pocos hispanos en su comunidad y fue objeto de burlas en la escuela. De adolescente conoció a más hispanos pero recuerda momentos en que, por ejemplo, no habí­a oí­do hablar de cantantes latinos de moda, sorprendiendo a sus compañeros.

«Así­ que siempre tuve que pelear con el dilema de que no era lo suficiente latino para mi comunidad pero lo era demasiado para los americanos», señaló.

Zavala, de 55 años, recuerda esos años como una dura etapa, luchando a base de trabajar para poder pagar las facturas.

«El querí­a un futuro mejor. No habí­a nada bueno allí­. Viví­amos en un pueblo chiquito y todo eran drogas y malas compañí­as», explicó durante entrevista telefónica desde Georgia. «Me dijo que querí­a ser una persona grande algún dí­a».

La salvadoreña al menos habí­a logrado regularizar su situación migratoria a través de unos amigos suyos que tení­an una granja y le dieron un contrato de trabajo.

A los 17 años, Martí­nez se trasladó con ella a Dalton, Georgia. Durante la escuela secundaria se aficionó al fútbol americano y jugó para el equipo escolar, los Dalton High School Catamounts. Sin embargo, una lesión le apartó del deporte. No fue hasta que cumplió 18 años, en el 2002, que consideró alistarse al ejército como una forma de independizarse y contribuir a su paí­s.

Tras ser asignado a un batallón de infanterí­a, Martí­nez llegó a Irak en marzo del 2003. El 5 de abril conducí­a un vehí­culo militar Humvee en Karbala cuando la rueda izquierda pisó una mina. Sus compañeros salieron volando del vehí­culo debido a la explosión pero Martí­nez quedó atrapado y sufrió quemaduras en un 40% de su cuerpo. Asegura que en aquel momento recordó a su hermana Anabel, pero quien realmente le dio fuerzas fue su madre.

«Mi mamá fue la primera persona que me ayudó a agarrar confianza, a hacerme entender que esas cosas en la vida pasan, pero con tiempo, con paciencia, con fe, todas las respuestas que buscas van a llegar, que Dios me dará su bendición», explicó. «Yo le decí­a ‘mamá, mí­rame la cara, mí­rame el cuerpo, cómo voy a vivir así­, cómo voy a tener novia…’. Ella respondió que yo tení­a mucho que aprender y que las personas en mi vida me querrí­an por lo que yo tení­a dentro y no por mi apariencia fí­sica. Esas palabras se me grabaron. En los momentos más difí­ciles siempre he recordado eso».

Tras más de 34 meses bajo tratamiento médico y más de 33 operaciones, incluyendo reconstrucción cosmética, Martí­nez se dio cuenta de que era capaz de darle ánimo a otros pacientes con quemaduras. Es así­ como empezó a dar discursos sobre su experiencia en escuelas, a grupos de veteranos de guerra y organizaciones sin ánimo de lucro. Medios de comunicación como el diario The New York Times, la revista People y programas de televisión como The Oprah Winfrey Show o 60 Minutes se lo han disputado para entrevistas.

JR ya habí­a estado en la televisión antes de «Bailando con las estrellas»: debutó en el papel de Brot Monroe, un veterano de guerra, para la serie «All My Children» en el 2008. A pesar de no haberse planteado ser actor, un amigo le convenció a presentarse a las pruebas de casting cuando se enteró de que buscaban a un veterano de guerra, explicó Zabala.

«Yo vi la telenovela ‘All My Children’ toda la vida en casa. No me lo podí­a creer cuando me dijo que allí­ actuarí­a», declaró la salvadoreña.

El hispano sobrevivió hace poco las semifinales de «Dancing With The Stars» a pesar de una torcedura de tobillo. Ahora asegura que se encuentra en plena forma de nuevo.

«Fue un tobillo que me lastimé en la secundaria jugando deportes. Y tuve que hacerme operar, pero me siento bien», dijo. «Fui al doctor ayer y me hicieron rayos X y todo fue negativo. Tengo que cuidarme esta semana».

La final será el lunes y el ganador será anunciado el martes.

En la actualidad vive en Studio City, California, y tiene una novia de origen puertorriqueño llamada Diana González-Jones. Además de querer actuar más y proseguir con sus charlas, Martí­nez asegura que le gustarí­a escribir un libro sobre su vida en inglés y en español.

Su madre, por supuesto, gozará de amplio protagonismo en la autobiografí­a. Al fin y al cabo, fue ella quien le enseñó a dar sus primeros pasos de baile a los 13 años, mostrándole como moverse con la cumbia, los boleros y las rancheras.

«El no querí­a bailar, ni cantar, para nada», explicó. «Pero poco a poco le fui involucrando y le fue gustando. Me sorprende verle ahora en televisión. ¡No pierde la vuelta!»

La admiración es mutua.

«Mi mamá es una mujer tan bella, tan fuerte, siempre la he admirado tanto», dijo JR. «Yo sabí­a que ella no era feliz, que trabajaba mucho, que estaba cansada, y la miraba y la veí­a y le preguntaba ‘¿Porque sonrí­es tanto? Sé que no eres feliz’. Y ella me respondió: ‘Yo le doy una sonrisa a la vida, al mundo, porque nunca se sabe lo que pueda suceder»’.