Aparece y esconde las vergí¼enzas detrás de un periódico. Se nota que le cuesta hacer conversación, pareciera que tiene dificultad para establecerse en comunicaciones espontáneas, pequeñas y transitorias. Por ello, después de aparecer como un fantasma, sin hacer ruido, como un silencio disimulado, fantasmal, como salido del desierto, dice: «Bueno, en lo que preparan voy a leer el periódico». Huye. El preámbulo de la entrevista lo inicia con una confesión: «Lo mejor de estar aquí es que no te echan el polvo en la cara, hueón». «Anoche había una rubia que me embetunó con una espátula», dice con una sonrisa pegada a la acotación, a las encías, a la esencia…
– Gustavo Mota: ¿Cómo es el atardecer en la Pampa?
– Hernán Rivera Letelier: El amanecer como el atardecer en la Pampa es lo más hermoso que hay en este planeta. Da la impresión de ver como la creación de un mundo recién naciéndose, uno ve como los colores de un planeta recién cocinándose.
(Letelier atraviesa sus dedos con la mirada baja. Rasca en sus uñas para evitar el rojo en el rostro que produce una exposición obligada, sin desear. No es que sea tímido, parece más bien indio ladino, un topo a quien le hace daño la luz.)
– GM: ¿Qué hora es la que sólo sucede en la Pampa?
– HRL: El amanecer. Te lo digo porque yo trabajaba por turnos en la mina, la mina esa flor de tierra en pleno desierto; en la Pampa uno mira y pude ver a 80 kilómetros de distancia porque no hay nada alrededor que te lo impida.
(Habla para adentro, su horizonte es hacia sí mismo. El sitio acordado es el hotel Catalonia Las Cortes, ubicado en la calle Prado 6, de Madrid, enclavado en las obras, reconstrucciones eternas y constantes de esta ciudad. La sala del hotel es lúgubre, y presuntamente lujosa, casi barroca. El rosa de las paredes con sillones más antiguos que viejos avientan a una atmósfera lo menos parecida al desierto, que es letra y mirada en Hernán Rivera Letelier. El calor, parece ser, es correspondido al primer día de verano verdadero de la capital de España, lejano, sin embargo, al ardiente y seco aire de Atacama que describe el chileno de ojos chinos, pequeños, casi inexistentes.)
– GM: ¿El norte es el lado del diablo, de qué lado está Dios?
– HRL: Yo creo que ahí donde está el diablo, o si no, no se podría vivir. Si está el diablo está dios, aunque yo no creo en Dios, pero sé que Dios creé en mí, que me quiere mucho.
– GM: ¿Tú eres el que eres en tus libros o eres para ser otro en tu escritura?
– HRL: Yo soy el que soy como decía Cristo. En mi literatura hay mucho de mí en cada uno de los personajes, pongo mucho de mí. Creo que yo estoy en mis libros, así como estoy también acá. He llegado a pensar que mis novelas, mis páginas, son como un espejo donde se refleja mi persona, mi historia, mi ambiente, mi vida y mi muerte.
(Tiene 60 años pero aparenta 40, la piel curtida por el sol le hace ser más joven de lo que cuenta su edad. Su lado es un fondo más espiritual que material. Habla quedo, bajito, igual que se comparten las cosas importantes. Por momentos parece que estamos delante de un chamán, no predicador, ni evangelista. La ayahuasca, a su lado, le pegaría muy bien.)
– GM: ¿Cómo escribes?, ¿de oído?
– HRL: Yo tengo que escribir en mi sala de parto como yo le puse a mi pieza donde escribo. Solo. Yo estoy convencido que se escribe como se hace el amor, para que sea pleno hay que usar los cinco sentidos; escribir con los cinco sentidos, sin escuchar música. Yo escribo frente a una muralla en blanco para que nada me distraiga, tampoco la vista. Yo tengo que ver mis personajes, los tengo que oler, los tengo que sentir, los tengo que tocar, los tengo que gustar. Si falta uno de los sentidos la página no queda completa, no queda entera.
– GM: ¿Contador o intelectual?
– HRL: Yo soy un escritor que trabaja con la memoria que noveliza, con la intuición y con la imaginación. Esa es la diferencia que hay entre yo y un intelectual. Yo soy un contador de historias, no un intelectual, con esta cara que tengo, más cara de boxeador en decadencia que de intelectual. El intelectual cree en lo que escribe, yo no, yo no tengo fe en lo que escribo. El intelectual cree en su erudición, en los libros que ha leído, en sus masters, en sus títulos. Yo tengo fe en mi intuición, en mi imaginación, en mi memoria, en mi experiencia de vida. Con eso escribo yo.
(Letelier se juntó con el desierto, pareciera que ahí nació y que renace permanentemente en un horizonte llano, plano y pleno. Creció en un ambiente evangélico, donde su padre era predicador. El único libro que había en su casa era la Biblia. Dice que eso le influyó pero también le vacunó contra la religión: «Una cosa es ser espiritual y otra cosa es ser religioso. Creo que mi religión actual es la poesía». Es de izquierdas porque es obrero, aunque no ha militado ni piensa militar en ningún partido político, su primer y único compromiso es escribir bien.)
– GM: ¿La madre es redonda porque siempre se vuelve a ella o porque, acaso, no se sale de ella nunca?
– HRL: Yo creo que porque no se salió nunca de ella. Yo me quedé sin madre a los nueve años. Aún sueño con ella, aunque su rostro se me diluye ya. Fíjate que he llegado a pensar que la madre en vida es como una muralla que te separa o te protege de la muerte. Si desaparece tu madre, quedas solo, por eso yo desde los nueve años estoy de cara a la muerte. (No se traga ninguna crítica: «La mala crítica hay que masticarla y luego hay que escupirla, porque si te la tragas te envenenas. Pero la buena crítica tienes que masticarla y también tienes que escupirla, porque si la tragas, te hinchas». Dice que no va a escribir sobre su gira con el Premio Alfaguara como ya lo hizo Andrés Neuman: Yo no voy a escribir, yo voy a vivirlo. Hernán Rivera Letelier, autor de «El Arte de la resurrección», teje la cercanía con la risa y con sus ojos. Su palabra es pudorosa. La energía está en cómo mira cuando se calla. El barroquismo de su escritura desvanece en la palabra hablada. Dice poco, siente más, piensa menos. Pariente de los susurros, Letelier.)