En nuestros temas musicales de cada viernes nos esforzamos por llevarle al lector del diario La Hora las excelencias de la música occidental. En este caso estamos exponiendo la vida musical del genio Héctor Berlioz, como un homenaje a Casiopea, esposa de miel que nace en el corazón todos los días amanecidos de esperanza, dorada de ternura; y es paz, camino, amapola y es, en la duplicada ventana de la aurora, encendido firmamento de palomas.
Los adversarios del autor de Benvenuto Cellini se indignarán y denostarán a Berlioz, en el tono de un Nepomuceno Mercier cuando gritaba: ¡Los Hugo hacen versos impunemente!, y la novela de Berlioz y de Harriet Smithson no hará menos ruido en el París romántico que las relaciones efímeras y dolorosas de Musset y Jorge Sand. Esta lucha por la poesía que Hugo entabla con Cronwell y prosigue en cada uno de sus Prefacios, ya la ha iniciado Berlioz desde su primera crónica y también la continuará encarnizadamente en todos sus escritos.
Es decir que Berlioz es, como su hermano en arte Delacroix, un hijo del romanticismo considerado como una gran revolución del pensamiento, como una vuelta apasionada hacia las grandes fuentes de la emoción, como una reacción enérgica del sentimiento y de la inteligencia vivificante contra el razonamiento y la abstracción esterilizadores.
Emancipación total del yo, deber de ser uno mismo totalmente y derecho a no reconocer otra autoridad que la del propio capricho y la propia fantasía: en una palabra, voluntad de tender hacia el verdadero lirismo, el que al hablar de sí habla de los demás y hace del artista un eco sonoro.
Tales son las aspiraciones de los verdaderos románticos. Tales son también las de Berlioz.
Más que Beethoven, nacido unos treinta años antes, parecía llegar a su hora aquel niño que nacía un año después que Víctor Hugo, siete antes que Musset y cuatro después que Delacroix.
Parecía entablar muy a su hora el gran combate, el joven músico que se reveló con su Misa en 1825, dos años después de que el Dante y Virgilio en los infiernos de Delacroix hubiese llevado al paroxismo la cólera de los clásicos en 1824, el mismo año de La matanza de Quío, que precede en un trienio a la fulgurante Muerte de Sardanápalo. Parecía venir a su hora, el músico que renovaba la batalla de Hernani con la batalla de la Sinfonía fantástica. ¿No es Delacroix el ilustrador de Fausto, como Berlioz el músico?
Sí; viene a su hora y su carrera está ahí, trazada por la «musa romántica», erguida sobre su carro tirado por dos corceles negros y aureolada de gloria, según la representa una litografía de Luis Boulanger. Pero detrás de la musa, los corceles, el carro y la gloria, el cielo está oscuro y amenazadoras las nubes… Musset lo sabe demasiado bien. Y Delacroix. Y Berlioz?
Ahora bien: más que para sus hermanos en romanticismo, la carrera de Berlioz será dolorosa y trágica. Más que Hugo, más que el propio Delacroix, Berlioz debe escalar un áspero camino antes de que su frente choque con las rocas de Montecarlo? ¿Por qué? Esa interrogante trataremos de responder en las siguientes columnas.
Los apuntes anteriores los basamos están basados en la experiencia del que escribe y en el estudio de Yves Hucher y Jacqueline Moroni.
Por otra parte, Héctor Berlioz nació el 11 de diciembre de 1803. Su padre era médico rural en Cotíª Saint-André. Era un hombre altivo, al que podemos conocer bien a través de una crónica de familia que escribió para sus hijos. En ellas leemos: Os recomiendo que no dejéis llevar por un ciego entusiasmo. La presencia de ánimo y un cerebro bien equilibrado son los dones más preciosos para todas las circunstancias de la vida.