La Conferencia de las Naciones Unidas sobre cambio climático (COP15) comenzó este lunes en Copenhague, Dinamarca. Es quizás la reunión más importante del planeta, en términos de nuestro futuro común, desde la Segunda Guerra Mundial. Están presentes unas 15 mil personas de 192 países con el desafío de renovar compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) como el CO2, el metano y el óxido nitroso, considerados los causantes del actual cambio climático. También tiene como objetivo sumar nuevos países como China e India a esta vital tarea.
Presidente OCG
El hecho de que se sienten públicamente los líderes del mundo entero a discutir estos problemas inaugura una nueva era en la historia de la humanidad. Porque los problemas de la degradación del ambiente dejaron de ser locales, regionales o incluso nacionales. Hoy se precisa la acción de los Estados, como portadores de los intereses colectivos, los que actúen en defensa y preservación no del paisaje ni siquiera de la economía sino de la VIDA (con mayúsculas).
Es la posibilidad de respirar, de alimentarse y de llegar a un nuevo día lo que se encuentra en juego para millones de personas, incluidos los que habitamos en este espacio del istmo centroamericano.
A nosotros los guatemaltecos se nos ha dramatizado la tragedia con el realce de la hambruna en el corredor seco, la muerte del Lago de Atitlán y la desnutrición que se ensaña con la niñez guatemalteca.
¿Qué hacer? se preguntan los sectores de mayor conciencia y sensibilidad de nuestra sociedad. Algunas personas de buena voluntad opinan que hay que hacer campañas públicas para recolectar fondos. Otras opinan que las empresas que han forjado sus beneficios contaminando son las que deberían poner su cuota de reparación, por lo menos. Posiciones que parecen todas razonables y defendibles. Sin embargo, en lo personal me adhiero a la corriente de que lo que hay que hacer es politizar el problema del ambiente.
A ver si me explico. Esta situación de un país invadido de desechos sólidos en las cuencas de los lagos y ríos, de extensas zonas devoradas por la depredación y de vehículos que contaminan NO puede ni siquiera aliviarse con la buena voluntad o con las ofrendas voluntarias de los ciudadanos. Este problema tiene que llevarse a la acción del Estado. Puesto que es el Estado el que tiene la potestad de la coerción legítima o sea el monopolio legítimo de la violencia, es el Estado el que tiene que regular, prevenir y castigar. Nunca un problema social se ha resuelto jamás con la voluntad de los «buenos». Por alguna razón, y muy acorde con la naturaleza humana, las Sagradas Escrituras encomiendan al que «lleva la espada» a castigar al malo y premiar al bueno. Y dice que lo hace para nuestro bien.
Ciertamente que para muchos la sola idea de «politizar» un problema les parece una idea aberrante porque se asocia con la corrupción. Tienen razón. Pero la otra solución de dejar pasar o dejar hacer nos conduce al caos y a la destrucción mutua. Tiene que haber un orden y alguien tiene que imponer ese orden. Y ése es el Estado y su expresión visible y concreta que es el gobierno. La solución, por tanto, es política. Tremenda responsabilidad de los gobernantes y de los ciudadanos que conformamos la sociedad.