Y eso que antes cómo me gustaba el futbol. Lástima. Aún recuerdo cuando fui, por primera vez, al Estadio Mateo Flores a ver una doble jornada del campeonato nacional. Jugaba Cobán contra Municipal, y Comunicaciones contra Aurora. Entonces, los domingos era una fiesta en donde las aficiones de colores distintos en el corazón podían convivir, y los directivos no se peleaban por la taquilla.
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Mi papá me había avisado con varias semanas de anticipación que íbamos a ir, y unos días antes, yo aparté mi mejor ropa para ir. Me encantó el colorido, el estadio lleno, la cohetería al salir los equipos y, sobre todo, que los cuatro equipos dieron un buen espectáculo. No hubo tijeretas, ni ronaldinhos, ni Don Balón, ni Proyecto Goal, ni jugadores guatemaltecos en la MLS.
Tan distinto que es ahora. Yo creí, con la mitad de mi espíritu (el nacionalista y el optimista; mi otra mitad, no, porque es realista) que sí podíamos ir al Mundial de Alemania o a las Olimpiadas de Pekín, y en tierras germanas observaba a Trinidad y Tobago, y en China a Honduras y decía: «Ahí debería estar Guatemala», pero no es así.
Tras largos fracasos deberíamos evaluar por qué el futbol persiste, sobre todo ese sueño mundialista. De todos es sabido que la FIFA jamás dará plazas, más allá para que clasifique siempre México, Estados Unidos y uno o dos equipillos más, que ofrezcan la posibilidad de que Italia o Brasil los golee. Desde ese punto de vista, hay dos opciones: o Guatemala no clasifica nunca, y si clasificare, iría a hacer el ridículo.
No es falta de amor al país, ni mucho menos. Al contrario, porque me interesa lo analizo.
En el futbol tampoco hay un fracaso tan aparatoso como los deportistas en Pekín. La Federación de Futbol debe de recibir la misma cantidad de dinero que los otros deportes. La diferencia es que el balompié es autosostenible debido a que es el deporte popular y de pasiones. Basta con ver la seguidilla de estadios llenos cuando juega Xelajú en el Mario Camposeco.
El problema es que la selección nacional, lejos de ser «casi» un símbolo patrio, no es un equipo representativo; ni siquiera es un equipo.
Más bien es comparable al elenco de una telenovela, buenísima por cierto, que ha mantenido altos niveles de expectación entre el público guatemalteco. Los actores son los mismos: los malos son México, Estados Unidos, Costa Rica (ahora sin Wanchope), Jack Warner y los «malévolos» árbitros. Los «buenos», los mismos de la vez pasada: el Primitivo, el Pescado, el Pando, Trigueño Foster, y alguna que otra cara nueva, para que los aficionados no crean que están viendo capítulos repetidos.
Hasta el más reacio al futbol se interesa un poco cuando juega Guatemala. Para los medios de comunicación, un partido de la selección es una buena portada, porque vende. Hay periódicos que han dejado la mitad del espacio para la violencia, para darle la otra al futbol.
El futbol, al menos en Guatemala (aunque no lo descarto que sea fenómeno mundial), es un buen negocio. Pensémoslo.
Un estadio nacional casi lleno cuando juega la selección, deja ganancias asombrosas, no sólo por las entradas sino por la publicidad instalada en los alrededores de la pista atlética. Las transmisiones por radio y televisión se llenan de anuncios.
Antes una simple playera más o menos azul, aunque sea desteñida, servía para dar apoyo a la selección. Ahora se necesita la camisola oficial Puma, la cual puede ser adquirida por 70 quetzales y tres tapitas de un refresco. Está barata, si se toma en cuenta que el precio real debería sobrepasar los 400 quetzales. Pero, eso sí, la PNC y el MP se ponen las pilas para ir detrás de los vendedores de camisolas piratas, olvidando que hay cientos de orden de captura que han sido incapaces de ejecutar.
La reventa no parece ser casual. Es increíble cómo se llenan la boca las autoridades al decir que implementarán varias medidas para evitar este mercado negro. Pero despierta dudas que, en media mañana se agoten todas las entradas, con lo cual se pueden duplicar y triplicar el valor de las entradas, provocando ganancias mayores, escudándose en los revendedores.
¿Y si no logró entrar al estadio? No hay problema, porque hay miles de lugares en la ciudad capital en donde puede disfrutar el encuentro en pantalla gigante; la entrada es gratuita, pero si no consume pronto será expulsado.
Cuando la selección juega en el extranjero, las agencias ofrecen paquetes, con financiamiento de seis o diez meses, para poder acompañar al «equipo del pueblo».
Imagínese cuánto crecería este negocio si alguna vez fuéramos al Mundial. Se multiplicaría para darle su raja a la FIFA, que tanto ha invertido en el Proyecto Goal, precisamente para convertir al futbol en un fenómeno mercadológico y que rinda dinero.
Antes, el buen futbol se miraba en los campos de tierra, sentados en el monte, cuando los equipos conseguían apenas unas camisolas de un solo color y le hacían el número a puro masking tape; el único requisito para jugar era tener amor propio y por el equipo. En Futeca no se puede jugar así y hasta el equipo más «gacho» del campo más arruinado tiene camisolas con los colores del Galaxy de Los íngeles. ¡Qué negoción!