Cuando ingresé al periodismo, hace ya mucho tiempo, yo era un patojo de 18 años y comencé a trabajar en el entonces más importante diario del país «El Imparcial». La mayoría de compañeros en el medio periodístico eran mayores que yo, por lo que, con natural respeto, casi siempre surgió el «usted», como el trato entre nosotros. Sin embargo, tuve la suerte de contar también con aquellos que surgieron, no sólo con la solidaridad del lazo del periodismo, sino con una amistad que nos llevaba al trato inmediato del vos, aun cuando fueran mis mayores en todo, no solamente en la edad, sino en su profesionalismo, su actitud generosa, franca, honesta, siempre con el abrazo o la mano extendida para consolidar ese otro lazo de camaradería.
Oscar Marroquín Rojas fue uno de ellos, porque ambos nos sentíamos cómodos al saber que los nexos de amistad surgían desde hace mucho tiempo con mis ancestros en donde muy ocasionalmente, Oscar, o el Seco como le decíamos algunos, pasaba a breves visitas a la casa solariega en Antigua. Mi madre y tía, así como mi abuela, ya tenían un fuerte nexo con Beatriz y Virginia Godoy y mi tío con el Seco, el Quimiche Toledo, esposo de Beatriz y otros que formaban un grupo especial. Es decir, nuestra amistad fue más fácil y llana, que se consolidó en el periodismo.
En esos años tenía una columna en el desaparecido diario El Gráfico, pero debido a una diferencia de opinión que discutimos públicamente en ese medio, con otra columnista más antigua, Jorge Carpio me pidió que cesara en la discusión, por lo que le indiqué que si sólo yo tenía que cerrar la boca, prefería irme.
Lo hice, al dejar de publicar la columna, entendiendo el predicado en que Jorge se ponía por lo que tomé esa decisión para no causar más problemas. Entonces, por amistosa insistencia de Rigoberto Bran Azmitia, con quien habíamos trabajado juntos en la «Operación Escuela», que el creó, me presentó al primer roble, don Clemente Marroquín Rojas, quien me abrió las puertas de La Hora para seguir con mi columna.
Sin embargo, cuando ocupaba un puesto en la administración pública dejaba de publicar mi opinión por no considerarlo ético y luego volvía a La Hora dirigida ya por Oscar, el Seco. En ese entonces mi columna no revestía lo impersonal del envío por Internet, sino, la cordialidad amistosa de llevarla a La Hora y dar un abrazo a Oscar y charlar al menos 10 minutos que para mí significaban siempre, un aprendizaje, sobre todo en materia de honestidad, verticalidad y de la historia política del país que por lo general no era la que aparecía en los libros, sino con intimidades y secretos que sólo Oscar conocía.
Era impecable y elegante en el vestir, cosa que en más de una ocasión le hice ver indicándole que tres cosas le envidiaba más: su honestidad, sus conocimientos y sus trajes.
Como su carácter era más fuerte que los truenos que lanzaba Zeus medía siempre mis palabras y durante muchas ocasiones en las que conversamos, solamente en una lo vi muy enojado, por una opinión que yo le sostenía, sobre una pendejada que al final no valía la pena.
Pero así era Oscar, alto no sólo físicamente, sino en su actitud ante la vida periodística y política, en donde tan fácil era caer en las garras del soborno o la deshonestidad que él rechaza iracundo al extremo que fui testigo en dos ocasiones, de una insultada que le dio a un personaje político por atreverse a ofrecerle una «superfafa» tratando de aprovecharse de algunos problemas económicos por los que atravesaban Impacto y La Hora Dominical y la otra, cuando era Presidente del Crédito Hipotecario Nacional y, estando yo en su despacho, un directivo poderoso de esa institución bancaria abrió la puerta y le dijo algo así como «deja de estar chingando con no aprobar el préstamo que ya sabés»… No lo dejó terminar, se levantó, llegó a la puerta y de un empellón lanzó al suelo al sujeto y le dijo simplemente: «andáte de aquí, hijo de la gran p…»
Quienes lo conocieron saben que en Oscar se reflejaba una postura inclaudicable y firme, incluso pasional, para mantenerse limpio y sin mancha alguna en el recorrido de 86 años que fue su vida. Tras su aparente dureza, había un corazón dispuesto a ayudar al que lo necesitara y a conversar para dar un consejo o hacer una sugerencia.
El 30 de septiembre se fue materialmente de esta tierra, pero deja muchos legados, particularmente en 10 hijos que no deben defraudarlo nunca, y en sus nietos que ya son hombres y que tienen en él un ejemplo a seguir.
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La radicalidad del Seco en sus juicios, creo que era algo genético muy propio de los Marroquín, empezando con el alfarero principal de esta familia, don Clemente, pero muchas veces he pensado que esta actitud que para algunos, a la distancia, parecería una intransigencia sin sentido, hoy más que nunca, Guatemala necesita de gente así, honesta y con convicciones profundas que le permitan batallar, luchar y trabajar para un país que se está muriendo.
Hasta pronto Seco…