Desde hace mucho tiempo nuestro sistema político viene haciendo agua y hay suficientes razones para considerar que vivimos en un estado fallido. La incapacidad para administrar la justicia, para proveer de seguridad al ciudadano, para cumplir con los fines esenciales que consigna la Constitución Política en materia de educación, salud y atención social son apenas ingredientes de ese colapso institucional que encuentra, sin embargo, en la corrupción y la impunidad la más excelsa muestra de cómo un Estado fracasa de la manera más estrepitosa y se prostituye para cumplir fines espurios.
En esas condiciones no es extraño que veamos que la ingobernabilidad está lejos del alcance de la sociedad y que cada día, en medio de una frustración colectiva que resulta castrante, la población se desentiende de la cosa pública como resignada a que no hay salida, que no tiene ya nada más que hacer. Y los políticos dan una lectura equivocada a esa actitud ciudadana y la toman como un gesto permisivo para que sigan hartándose con el erario nacional y de esa cuenta no hay día en que no sepamos de nuevos escándalos relacionados con la forma impúdica en que se enriquecen a costillas de un pueblo que, en más de la mitad del total de la población, campean los niveles de pobreza que le impide satisfacer sus necesidades elementales.
Quienes no quieran ver y reconocer que el sistema está colapsado están ciegos o son demasiado largos y se apresuran a exprimir hasta la última gota. Pero es importante señalar que las muestras de la anarquía, de la ingobernabilidad y del malestar ciudadano están en todos lados y falta apenas una chispa que desate una reacción diferente. No puede saberse cuál será el detonante de la articulación de la protesta popular, pero la misma está a flor de piel porque de la frustración y el cansancio apenas hay un paso para que, parodiando la expresión magistral de Manuel Galich, el pueblo pase de la indiferencia al ataque.
Nadie quisiera llegar a situaciones extremas, pero lamentablemente no se encuentra la salida por otras vías. El gobierno, que debiera abanderar un movimiento moralizador de rescate y reforma del país, termina haciendo causa común con el resto de los sectores políticos en la defensa de un sistema que cada vez se evidencia más indefendible. Y es que al no entender que el cambio llegará con o sin ellos, están dejando el camino libre al surgimiento espontáneo de expresiones que sabrá Dios a dónde puedan conducirnos. En otras palabras, la piñata irresponsable de los políticos ha sido un factor que ha unido a un pueblo que históricamente permanece dividido. Hoy nadie, fuera de los parientes de los que están mamando de la teta del Estado, nadie cree en un sistema que ha fracasado por culpa de la corrupción y la voracidad de nuestra mediocre clase política.