El allanamiento reciente y reincidente de las instalaciones de la Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales (Avancso) no debe sino ponernos en estado de alerta porque resucita los temores y evoca un pasado que quisiéramos haber dejado atrás en nombre de una nueva época en donde finalmente se pueda debatir como personas decentes y civilizadas.
El hecho parece advertir no sólo a las instituciones que trabajan en la creación de modelos alternos, critican el pasado reciente y debaten las políticas impulsadas por los gobiernos de turno, sino a quienes desde su trinchera, como francotiradores, construyen con papel y lápiz una arquitectura nueva al servicio de los más vulnerables en beneficio del país.
Todo apunta a que los autores del acto vil contra Avancso desean imponer sus ideas y no saben ni quieren dialogar. Son trogloditas que se solazan destruyendo documentos, robando información y amenazando con sus hechos. Son intelectuales a su manera y bibliotecarios de pocos libros. El mundo para ellos solo tiene una interpretación y no admiten discursos diferentes al aprendido en sus conventos.
Si fuera un acto aislado podríamos descansar relativamente en paz no sin antes pedirle a Dios que nos proteja de un nuevo acto delincuencial, pero la mente no se conforma y así urde y ata cabos. Por ejemplo, sugiere la posibilidad de que grupos organizados amparados en un gobierno permisivo elucubren, planifiquen y actúen en nombre de la justicia, la protección de intereses o simplemente la intolerancia.
No es descabellado pensarlo. Guatemala no solo es gobernado por alguien con formación militar, combatiente y aguerrido, sino codirigido por cuadros que comparten también esa visión en el que quien es diferente es adversario y enemigo a vencer a plomo y fuego. Con esa visión simplista, no es difícil imaginar que algunos susceptibles estén incómodos por investigaciones que quizá los hacen quedar mal o simplemente les desagrade un discurso que juzgan peligroso.
Avancso, desde esta perspectiva, sería una primera advertencia (segunda o tercera, ya no llevamos la cuenta), para los rebeldes de la pluma y los “terroristas” del pensamiento. Sería una proclama que dicta que en Guatemala no caben los intelectuales y que el debate está prohibido y deslegitimado. Eso nos trasladaría a la época donde el Presidente andaba como Rambo por las montañas aniquilando comunistas por amor a la patria.
Podríamos equivocarnos, pero eso dependerá del texto que este gobierno esté dispuesto a escribir con los hechos. Mientras tanto la suspicacia seguirá presente en nuestros espíritus, hasta que un día se convierta en convicción y entonces no tengamos ninguna duda de la naturaleza peligrosa y explosiva de quienes ahora nos gobiernan.