Esta columna va encaminada a conmemorar el Centenario del nacimiento de Gustav Malher y como siempre va dedicada a Casiopea, esposa dorada, quien es madrugada de astros vegetales que me quema en su corazón único y me encadena al calor de sus brazos míos y me pierde diariamente en el latir de su pecho enloquecido.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela A mi padre, maestro Celso Lara Calacán, con inmenso amor.
Diremos en primer lugar, que los años entre 1878 y 1880, presenciaron los comienzos de Mahler en los dos terrenos a los que consagró toda su vida: la composición y la dirección de Orquesta. Ya en 1876 se había tocado una Sonata para piano y violín en Jihalava y en 1877 se ejecutó en el Conservatorio una Sinfonía. En 1878 Mahler compuso un Quinteto para piano y cuerda, siendo el scherzo de este Quinteto el que le vale el premio de composición.
La mayor parte de las obras que van a sucederse fueron esbozadas, mientras Mahler compartía una vivienda en Viena con sus amigos Hans Rott y Rodolfo Krzyzanowski, discípulos ambos de las clases de órgano de Bruckner. Los tres muchachos vivían al día, pues sus recursos eran casi inexistentes; no toleraban el menor ruido (para Gustav fue una verdadera angustia que iría en aumento con los años), hasta el punto de que cuando uno de ellos componía, los otros dos esperaban en la calle. El poco dinero que tenían lo gastaban en asistir a representaciones de las óperas de Wagner. El entusiasmo que producía a los muchachos esas audiciones, les supondría ser expulsados de su vivienda. En efecto, al volver de una representación de El ocaso de los Dioses, se pusieron a cantar el terceto de Hagen -Brunhilda- Gunnther, con gran indignación de la patrona que les echó a la calle inmediatamente.
Ninguna de las obras que empezó durante aquel tiempo sería terminada; esas obras son el proyecto de la Sinfonía Nórdica, los tres tiempos de una Sinfonía en la menor y los bocetos de tres óperas: Herzog Ernst von Schwaben (El Duque Ernesto de Suavia), escrita en recuerdo del hermano tan querido, Ernesto, desaparecido tan joven; Rubezahl y Die Argonauten (Los Argonautas). Los libretos fueron escritos por el propio Mahler y van a ser sus únicos intentos en el terreno del teatro lírico. Puede extrañar que un músico como Mahler, que tanto admiraba las óperas de Wagner y que nos ha dejado sinfonías de colosales proporciones, no haya sentido la tentación de expresarse en ese género. Pero sin duda juzgaba que su música no tenía necesidad de un soporte escénico por ser suficientemente significativa por sí misma. Es curioso que algunos años más tarde, Mahler decidiera destruir todas sus primeras obras y los esbozos antes citados de los que no queda ninguna huella, salvo el libreto del Rubezahl (personaje de algunas fábulas alemanas). Sin duda, guiado por su extrema ambición y por la falta estima que tenía de su música, encontró sus primeras composiciones indignas de sí.