Conmovedor fue, para decir lo menos, el artículo de ayer de la licenciada Gladys Monterroso quien sufrió el golpe terrible de la violencia con la muerte de su hermano Juan Francisco, víctima de esa inseguridad que nos golpea y expone a todos. Y obviamente quien ha sufrido un golpe de ese calibre tiene que preguntarse hacia dónde va nuestro país con esa danza insensata de muerte, porque es irracional lo que estamos viviendo y esa forma tenebrosa en que los criminales se alejan campantes de la escena de un asesinato sin el menor temor a la sanción legal porque el Estado no tiene capacidad ni interés en resolver el problema.
ocmarroq@lahora.com.gt
¿Cuántos guatemaltecos antes que Gladys se han preguntado precisamente lo mismo sin atinar a encontrar respuesta? La lógica diría que hace mucho tiempo que tocamos fondo y que peor de lo que estuvimos no podríamos estar, pero diariamente nos damos cuenta que no hay lógica en la realidad que nos toca sufrir y que el fondo no aparece por ningún lado ni se nota mejoría para alentar esperanzas. Lo más sencillo sería decir que el Gobierno es el culpable de todo y despotricar contra las autoridades, pero lo que estamos viviendo es algo que como sociedad hemos venido sembrando a lo largo de muchos años de acostumbrarnos a vivir con la cultura de la muerte. Durante tantos años de vivir en conflicto interno y ver el reguero de sangre que dejó esa lucha ideológica, nos fuimos acostumbrando a que las cosas se resuelven a tiros eliminando a quien nos molesta. Aplaudimos el linchamiento y la limpieza social como paliativos a nuestra falta de justicia y vemos morir a nuestros semejantes sin inmutarnos, más que cuando la violencia nos golpea en forma directa con familiares o amigos. Lo demás, la violencia que afecta a otros, la vemos con la naturalidad de quien se sienta a ver el paisaje y no es extraño ver a niños curiosos rodeando un cadáver en la escena del crimen, aprendiendo cómo es que se estila en nuestro medio. Que el Gobierno tiene su cuota de responsabilidad no hay duda, pero la mayor la tenemos como colectivo social incapaz de reaccionar para forzar a un cambio alentador. Y que conste que no hablo de un cambio de gobierno, sino un cambio de actitud de todos los ciudadanos, incluyendo a los funcionarios, para privilegiar la vida y el estado de derecho, para darle su lugar a la seguridad de los habitantes de la República en cualquier circunstancia. Por eso, al leer el artículo de ayer de la licenciada Gladys Monterroso, pensé que el país irá hasta donde lo dejemos ir sus ciudadanos y lamentablemente hoy por hoy no se ve que hagamos nada para enderezar el rumbo sino que con nuestra marcada indiferencia, con nuestra secular sangre de horchata, lo estamos destruyendo en un silencioso y persistente terremoto que pasa inadvertido para los que nos ponemos un tapaojos para no ver más que el derecho de nuestra nariz. No es cuestión de los políticos ni de los funcionarios, sino es cuestión de ciudadanía, de responsabilidad cívica que tenemos que mostrar para apartarnos de ese sendero de conformidad ante la violencia y la criminalidad. La cultura de la muerte se ha enraizado entre los guatemaltecos que la vemos como solución cuando se le aplica a reales o supuestos delincuentes sin ocuparnos ni preocuparnos por edificar un sistema de derecho, un régimen de legalidad absoluto en el que se enaltezca la justicia en lugar de la venganza.