La actividad política partidaria se encuentra desacreditada. La percepción que se tiene de ésta es negativa. Se ha dicho que es «hasta un mal necesario». Y la conducta del político muchas veces nos provoca desde desencanto hasta frustración. Es en suma una actividad humana y como tal llena de imperfecciones, pero idealmente es perfectible.
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El accionar ciudadano deambula entre la algarabía de las «alegres elecciones», en un ritual de cada cuatro años. Un enorme error del andamiaje político partidario lo constituye en fijar su atención en el electorado, precisamente alrededor del rito del voto, cada cuatro años. Así la acción política de ciertos medios de información, cobijándose en la «libre emisión del pensamiento», sencillamente se ve facilitada al hacer política desde cierto grado de ilegitimidad, pues de hecho no son partido político. E inducen agendas públicas. Manipulan datos y desorientan a una ciudadanía que suele sentirse como tal, cada cuatro años.
Y no es que lo público esté reservado para ser comentado con exclusividad por el político. El problema es la inducción de valoraciones erróneas o mal intencionadas. Por ejemplo, en el matutino Prensa Libre del domingo recién pasado se efectúa un somero análisis sobre la necesidad de fijar acuerdos legislativos. Para ello se esbozan los más de cuarenta temas que han de ocupar la atención del Congreso.
Los acuerdos en dicho í“rgano del Estado han estado ausentes a lo largo del presente año. Pero cuando se atisba un halo de consensos, ese mismo matutino desacredita el esfuerzo y «sanciona» y «sentencia» ya que tal, es producto del «estreno de una aplanadora». Por ese tipo de calificativos el desempeño de lo público en nuestro país deambula de manera pendular, de un extremo al otro.
Por ejemplo, en el ejercicio de la presidencia del Organismo Judicial, antes de seis años, nos vamos al extremo y optamos porque sea de un solo año. Seis presidencias es mejor que una sola, fueron parte de los argumentos allá por 1993 cuando se reformó la Carta Magna. En la llamada «Depuración» que dicho sea de paso, fue altamente inducida desde lo mediático, entre otras consideraciones por las acciones ajenas de los representantes políticos para con sus electores.
Siguiendo el ejemplo antes citado, los actuales magistrados a la Corte Suprema de Justicia, nos demostraron hasta la saciedad, más de 30 intentos fallidos, que elegir a su presidente no necesariamente fue la reacción de madurez institucional que su investidura les presupone. Nuevamente la condición humana se impone más que el cobijo que otorga la academia y los denominados méritos intelectuales. De nuevo se resalta que nuestra conducta colectiva se desenvuelve de manera pendular. Del extremo actual, al otro extremo que asumimos como ideal.
Y nuestra historia está llena de múltiples ejemplos similares. Es la piedra en la que nuestra sociedad se suele tropezar de forma reiterada. Y así, por esta tendencia, se encuentra el campo apropiado para hacer política, política pública y política partidaria, desde el cobijo del auto denominado ámbito «apolítico». Acciones que suelen enmarcarse alrededor de la defensa de una supuesta libertad y de la libre emisión del pensamiento.
Así las cosas, nuestra ciudadanía se mantiene sumamente receptiva a la tendencia inductora. Se prepara para acudir al llamado cuyo ritual electoral le hace conforme y satisfecho cada cuatro años. En el ínterin a contentarse con ver el juego de la reiterada descalificación política emprendida por los «apolíticos». Que viva la democracia.