La vida está llena de contradicciones y lo que nos distingue es la puntualidad en hacer las cosas al revés. Lo difícil es ajustarnos para hacer lo justo. Es tan exacerbada nuestra imaginación, tan exuberante nuestra creatividad y tan codiciado nuestro anhelo de libertad, que nos fascina optar por lo sinuoso. Este proceder ha conducido a la humanidad por las sendas del progreso, pero también ha sido causa de corrupción y de condena propia.
Pongamos el caso de la Navidad. Quizá lo correcto sea reposar, compartir en familia y solidarizarnos con los necesitados, ¿pero qué hacemos?, exactamente lo contrario. Probamos emborracharnos, escaparnos y gastarnos egoístamente nuestros escasos recursos. En lugar de ser días de felicidad, nos desgastamos en actividades equivocadas cuyas consecuencias tendremos que pagar tarde o temprano.
Igual nos pasa en Semana Santa. La idea es encontrar un tiempo para la reflexión y el sosiego. Un alto para recobrar energías. Pero, en lugar de esto, es cuando más relajo hacemos: fiestas, gritos, alcohol y fatigas a granel. Hacemos como el adolescente que hace todo lo contrario a lo que debe hacer. Luego nos sentimos mal y sufrimos las gomas morales que nos vuelven infelices. Entonces nos preguntamos pseudo inocentemente: Dios mío, ¿por qué a mí?
Efectivamente no es fácil hacer lo correcto, pero el problema es que ni siquiera lo intentamos. Nos sale natural hacer lo contrario. De hecho, hasta planificamos el error. Desde meses antes, planeamos: “Para Año Nuevo, quiero ir al puerto, emborracharme y amanecer a la orilla del mar”. Así no deberíamos reclamar inocencia porque hasta con tiempo planificamos nuestros fracasos y frustraciones, nuestros grandes errores.
Mucho de lo que hacemos no es sino la repetición de los errores de nuestros padres. Quien sale de juergas, lo hace porque vio “feliz” a su padre hacerlo con sus amigos. “Iré al puerto a emborracharme porque es tradición familiar: mi padre iba con el abuelo. Cuando mis padres eran novios, aquí solían escaparse”. Ya de grandes, hacemos exactamente igual a lo que hacían ellos (aunque a veces los superamos).
No quiero ser moralista. Solo quiero reflexionar para que cada uno tome sus mejores decisiones y sea razonable en su actuar. Por otra parte, lo que escribo me lo digo a mí mismo sabiendo que pocas veces he sido modelo de comportamiento. Digamos que se trata de mis mejores deseos para que mis lectores habituales mediten en los días que se aproximan.