No sé por qué los funcionarios públicos le dan tantas vueltas al concepto de corrupción cuando es sobreentendido que cuando el pueblo exige eliminarla se refiere a la que existe en las organizaciones, especialmente las públicas, cuando se utilizan las funciones y medios en provecho de sus gestores, tanto en lo económico como de otra índole. ¿Fácil, verdad? Aunque nadie duda que “en todas partes se cuecen habas”, como que usualmente la hagan por lo menos dos.
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Está de más entonces citar que en las entidades privadas también exista, olvidando la gran diferencia que en las públicas, los fondos provienen del pueblo y no de los bolsillos de los gestores.
Para que quede claro la corrupción de que hablamos, hay que traer a cuenta que llevamos rato de observar que la mayoría de nuestros políticos se han dedicado a saquear sistemáticamente los fondos públicos pero, reconociendo que la culpa no ha sido solo de ellos, sino de la misma población que gustosamente se presta a darle mordida a la autoridad para lograr lo que le plazca o porque con unas cuantas monedas hace expedito el engorroso trámite, el que a propósito el burócrata ha establecido hasta para cobrar impuestos.
¿Quién ignora que la misma sociedad está descompuesta, al punto que nadie, salvo contadas excepciones, se escapa de tantas variantes de actos corruptivos? Negarlo es pretender tapar el sol con un dedo, pues sería como ignorar que la quiebra de valores éticos y morales ha provocado el colapso hasta los cimientos de nuestra sociedad. Será difícil reconocerlo, pero esa es la triste verdad a lo que hemos llegado. Hay corrupción hasta para asignar remuneraciones a funcionarios, diputados y empleados. Es corrupción y no otra cosa cobrar dietas por algo que no se ha realizado. Hay corrupción al vender cualquier tipo de producto o servicio a un precio que incluye un pago por debajo de la mesa.
¿Que solo los cabezones son los corruptos? Nada más falso. De todo hay en la viña del Señor. Hay quienes pagan por ocupar una plaza vacante y también quienes cobran por merecer un ascenso aunque sea justo reconocerlo. Hay quienes exigen una partida presupuestaria con la apariencia de hacer el bien, pero en el fondo no es más que una asquerosa forma de comprar votos. De ahí que los problemas de Guatemala no son la falta de competitividad, las diferencias abismales económicas o sociales, la escasez de recursos, la ausencia de legislación y ni siquiera la falta de la tan mentada “voluntad política”. No nos perdamos, porque hasta que la gran mayoría de guatemaltecos no cambiemos radicalmente la manera de pensar y de actuar todo va a seguir igual. Los valores y principios no surgen espontáneamente, se deben cultivar con mucha paciencia, tesón y entereza, empezando por dejar la postura de hacernos los locos o de aparentar estar bien intencionados aunque en el fondo sigamos haciendo lo contrario.