Repensar el modelo y sistema de Estado, por lo tanto, se hace necesario. Pero las propuestas de cambios no surgen espontáneamente, es necesario un proceso que implica capacidad intelectual y científica, con bases sólidas. «No hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria», aseguró una vez el ex presidente chileno Salvador Allende.
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La participación ciudadana puede comprenderse como el ejercicio activo, que se realiza desde la delimitación y ubicación de determinado problema, hasta el seguimiento y fiscalización de las probables soluciones.
Guatemala, recién nacida al mundo político democrático, debería ser el ambiente propicio para encontrar, si no mayoría, al menos buen número de estas prácticas democrático participativas.
No obstante, la carga histórica de exclusión, que no propicia la participación, pareciera heredarse y no permitir el ingreso de nuevas corrientes que alienten el progreso y beneficio colectivo.
La exclusión, ligada a prácticas sociales, políticas, culturales y económicas es una cotidianidad; recientemente en un foro titulado «El papel y los retos de la sociedad guatemalteca ante los Objetivos del Desarrollo del Milenio» nuevamente se evidenció que las mujeres, indígenas y discapacitados siguen siendo los segmentos de la población que carga la mayor exclusión en el país.
En 2000, varios líderes mundiales suscribieron un compromiso conjunto, cuyo objetivo es para 2015, reducir radicalmente el analfabetismo, enfermedades graves como el sida, la indigencia, el hambre, la exclusión, mejorar las políticas de salud, trabajo y seguridad, no obstante, siete años después en países como el nuestro, el camino sigue siendo errático.
Cabe citar como ejemplo de lo anterior, que según datos oficiales en 1989, el 20% de la población vivía en extrema pobreza, en 2000 la cantidad se redujo a 16%, sin embargo en 2004 nuevamente volvió a aumentar a 21,5%.
Es necesario comprender que la exclusión está estrechamente ligada a fenómenos como la pobreza, violencia y conflictividad, por lo que el costo político y social que conlleva es altísimo.
Repensar el modelo y sistema de Estado, por lo tanto, se hace necesario. Pero las propuestas de cambios no surgen espontáneamente, es necesario un proceso que implica capacidad intelectual y científica, con bases sólidas. «No hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria», aseguró una vez el ex presidente chileno Salvador Allende.
Y precisamente, desde entidades como la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac), única en su tipo, con la capacidad de promover y proponer cambios a través de leyes, se pueden iniciar grandes procesos con enfoque y trascendencia social.
Sancarlistas: es urgente retomar espacios. Este es uno de ellos, que surge con el fin de despertar el interés por adquirir el papel protagónico que como jóvenes y estudiantes nos corresponde, y sobre todo recordar que la Usac es una universidad Estatal, pagada por contribuyentes, que en la gran mayoría son aquel 80% que sobreviven con tan sólo el 39% de la riqueza.