Ha de llegar el tiempo



Cuando vemos la forma en que se desenvuelven los acontecimientos y se desarrolla la última etapa de la contienda electoral sentimos que nuestro modelo democrático sigue dando tumbos y que nos falta asentar la llamada transición que se ha prolongado por demasiados años. No hemos sido capaces aún de consolidar un efectivo sistema democrático que con sus pesos y contrapesos haga posible el pleno ejercicio de una soberaní­a que constitucionalmente radica en el pueblo, pero que en la práctica está secuestrada por una conjugación de poderes fácticos que terminan pasándose por el arco del triunfo el interés de la población. Tanto que esa misma población ha caí­do en la indiferencia porque siente que su influencia al final es mí­nima.

Poderes fácticos que van desde el crimen organizado hasta el poderoso poder económico y una prensa que ha sustituido a los partidos polí­ticos en el papel de fiscalización y control del ejercicio del poder público, con el agravante de que responde a su propia y particular agenda y no a los intereses del paí­s.

Esas imperfecciones de nuestro modelo democrático han sido aprovechadas por dirigentes que, carentes de escrúpulos, juegan con las reglas definidas por los poderes fácticos y se adecuan a ellas sabiendo que mientras no las violenten podrán tener el espacio suficiente para satisfacer ambiciones y para enriquecerse en el ejercicio del poder formal. Porque a la larga durante los años de apertura polí­tica, desde que podemos «elegir» a nuestras autoridades, hemos tenido gobiernos que dan la espalda a las necesidades de la población porque primero tienen que atender sus compromisos de campaña cuya validez está determinada por el tamaño de las contribuciones. No hay compromiso de campaña que importe, salvo el que se hace con los financistas puesto que con ellos sí­ que deben cumplir.

En la medida en que se mantenga esa alianza con esas manifestaciones de poder fáctico (entendiendo que al final de cuentas la prensa responde a los intereses del poder económico), los polí­ticos pueden tener amplio espacio de maniobra para hacer sus propias «cachas», para enriquecerse siempre y cuando sus decisiones no afecten los intereses ni del crimen organizado ni del poder económico que financió las campañas.

Ha de llegar el tiempo en que eso termine, sea porque la gente lo entienda o porque de pronto surja un movimiento tipo Chávez o tipo Evo, que rompa con las reglas establecidas y se beneficie del hastí­o de la gente. Si es cierto que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, también lo es que no hay mal que dure cien años.