Ha motivado controversia en nuestro país lo atinente al castigo que debería imponerse conforme a la Ley a los mortales que han cometido hechos criminales de lesa humanidad.
Hay personas, sobre todo las que tienen militancia en la politiquería partidista que, por presiones nacionales e internacionales a las que se mantienen expuestas, se dejan arrastrar por la corriente a contrapelo de lo que en el fondo pueden pensar y sentir en cuanto a lo que está ocurriendo en el país.
Nos tiene entre la espada y la pared, ni más ni menos que impotentes, el crimen organizado y el de orden común. La mayoría de guatemaltecos, víctimas o no de las sangrientas rachas de la delincuencia, claman por la imposición de la pena capital a los inocentes angelitos que a diario, a toda hora y en cualquier lugar, de este turbulento patio centroamericano, asaltan, roban, agraden y asesinan a hombres, mujeres y niños.
¡Ah, pero los humanistas locales y de otras latitudes truenan contra la pena de muerte!
Gobernantes constitucionales y pseudo constitucionales centroamericanos firmaron por sí y ante sí, hace algún tiempo en Costa Rica -por antonomasia llamada la «Suiza americana»- un acuerdo o convenio para abolir la pena de referencia, sin reparar, podemos decir, en lo que se opina en los diversos sectores de cada pueblo del istmo.
Si se hubiesen realizado consultas a escala nacional respecto de tan importante tema tratado, probable o seguramente todas esas sociedades hubieran respondido por unanimidad o casi por unanimidad rechazando lo propuesto por la gente archi-asalariada que, como guiñando ojos, estira y encoge el mentado «humanismo» para que los Estados tengan que engordar en las cárceles a tantas criaturas siniestras. ¡Pobres los millares y millares de familias que lloran a sus seres queridos; que visten luto, presas de profundo dolor por las atrocidades de los desalmados subhumanos!
En buen castellano, puede decirse que la cultura de vida ha cedido a la cultura de muerte, pero infortunadamente sólo en lo que hace a las «llanuras» contra esas «llanuras» de la alegre «patria grande» en las que campea la irrefrenable impunidad.
Costa Rica tal vez no tiene mucha turbonada de criminalidad, pero sí Guatemala, nuestra pobre Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. La idiosincrasia de los ciudadanos de cada parcela difiere en casi todos los aspectos.
En el patio nuestro, sin que quepa la menor duda, el grueso de la población clama con toda la fuerza del sentimiento y con decisión absoluta, porque a los autores responsables de asesinatos de hombres, mujeres y niños se les aplique con toda drasticidad la ley, o sea la pena capital como se hacía en lejanos y cercanos tiempos.
Los tribunales de justicia han sentenciado a esa pena a muchos criminales que, con ocasión de robo, de violación sexual de niñas y mujeres mayores, etcétera, han perpetrado asesinatos de esos que producen gran conmoción social. Desdichadamente los veredictos de los juzgadores de las diferentes instancias son irrespetados por el Organismo Ejecutivo, por lo que, claro está, en la interrelación de los poderes del Estado se dan casos de burla, de irrespeto, lo cual es desdoroso para la flamante «democracia» que viven tirando de los cabellos los marrulleros líderes de la politiquería partidista y sus paniaguados de arriba y de abajo.