La guerrilla colombiana de las FARC cumple el miércoles 45 años, sumida en su peor momento militar, y se ha visto obligada a recurrir a una estrategia de pequeños golpes, emboscadas y atentados explosivos con los que, asegura, intenta mantener viva «la guerra que niega el gobierno».
Los rebeldes afirmaron en un comunicado divulgado el fin de semana en internet que tan sólo en marzo cayeron muertos 297 militares y 340 resultaron heridos por «la guerra que niega el gobierno para no reconocer el carácter político de la insurgencia».
Golpeados tras la muerte el último año de tres de los siete miembros del Secretariado -mando central-, los rebeldes aseguran en el texto que hombres como Manuel Marulanda («Tirofijo», su fundador fallecido de un infarto) y Raúl Reyes, número dos, «siguen vivos en los fusiles y el proyecto político de las FARC».
Pero las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que surgieron en 1964 de un movimiento de resistencia en la región de Marquetalia para reivindicar el derecho de los campesinos a la tierra, están lejos de desaparecer.
Con un estimado de entre 6.000 y 7.000 combatientes, mantienen presencia en zonas de cultivos de coca, de la cual pueden obtener entre 400 y 600 millones de dólares, según el ministerio de Defensa.
El nuevo comisionado de paz del presidente Alvaro Uribe, Frank Pearl, calculó a comienzos de mayo que acabar la guerra tomará «unos 15 ó 20 años, incluyendo un buen camino hacia la reconciliación».
Pese a la pérdida de «Tirofijo» y Reyes, a la que se suman las capturas y deserciones de mandos medios, la principal guerrilla colombiana mantiene una fuerte capacidad de golpear, aunque, contrario a lo que ocurría en 2002 cuando Uribe llegó al poder, ya no controla carreteras, ni permanece largo tiempo en zonas pobladas.
Por el contrario, parece privilegiar una estrategia de atentados explosivos y emboscadas sobreseguro, después de las cuales los guerrilleros se repliegan a zonas selváticas o montañosas, para minimizar la reacción militar.
Así lo demuestra la ola de atentados -tres de ellos con coches bomba- en los primeros meses de 2009 en Bogotá y las ciudades de Cali (suroeste), Neiva (sur) y Convención (noreste), con saldo de 10 muertos y unos 36 heridos.
En marzo, un ataque dinamitero al acueducto de Villavicencio dejó sin agua por una semana a esa ciudad de 300.000 habitantes, mientras al menos una treintena de militares murieron en los dos últimos meses en emboscadas en parajes de las provincias de Norte de Santander, Guaviare y Nariño.
El grupo también mantiene como rehenes a 22 militares y policías, a los que pretende canjear por 500 de sus militantes presos, incluidos tres en Estados Unidos, lo que le permite un pulso político con el gobierno.
«Las FARC han vuelto a la guerra de guerrillas, su estrategia inicial de combate, porque ya no tienen el poder que tuvieron hasta hace algunos años», aseguró a la AFP el coronel (en retiro) Germán Pataquiva, que hizo parte de la fuerza «Omega» destinada a combatir a los rebeldes en las selvas del sureste.
Según Pataquiva, ese revés se debe especialmente al aumento de la capacidad de reacción aérea, con el fortalecimiento de la aviación militar y policial en la que se invirtió buena parte de los de 5.500 millones de dólares que Washington ha entregado para el Plan Colombia desde 2000.
El ex guerrillero y actual director de la Fundación Arco Iris, León Valencia, sostiene que las FARC «están muy debilitadas, su mando central muy golpeado, perdieron territorio y han tenido que volver a la guerra de guerrillas».
Pero Valencia y Pataquiva advierten que es prematuro asegurar que estén derrotadas.
«Las FARC tienen una extraordinaria capacidad de adaptación» y «parecen estar ofreciendo férrea resistencia en algunas áreas» como las zonas cocaleras y las fronteras con Venezuela y Ecuador, tras ser expulsadas de las zonas más densamente pobladas, asegura un informe del International Crisis Group publicado en marzo en Bruselas.