Guerreros de Terracota invanden Londres


Veinte guerreros del Ejército de Terracota de Qin Shihuang, el primer Emperador de China, así­ como músicos y acróbatas que durmieron bajo tierra durante 2.000 años, han hecho el viaje a Londres para la exposición más importante de las últimas décadas en el Museo Británico.


Los londinenses se están armando de paciencia para las interminables filas que se formarán desde el jueves hasta el 6 de abril en las puertas del Museo Británico, que se prevé será tomado de asalto por cientos de miles de visitantes que quieren admirar las 120 piezas provenientes de la tumba de una de las figuras más poderosas de la historia.

La tumba de Qin Shihuang (259-210 BC), que representa el mayor hallazo arqueológico del siglo XX, fue descubierta en 1974 por unos campesinos que excavaban un pozo en la provincia de Shaanxi, noroeste, y que se toparon inesperadamente con una cabeza en barro.

Hasta ahora, unas 1.000 figuras en terracota han sido excavadas, de unas 7.000 que hay en el sitio considerado por los chinos «la octava maravilla del mundo». Y eso que la tumba central, donde está enterrado el Primer Emperador, sigue sin ser excavada, y no lo será en las próximas décadas.

A Londres sólo han venido una veintena de esas figuras. Pero la exhibición «El Primer Emperador: El ejército de Terracota de China», representa «el más importante despliegue de guerreros del ejército de terracota que haya jamás salido de China», recalcó Neil MacGregor, el director del Museo Británico.

La muestra, que ha sido instalada en la inmensa sala de lectura oval del Museo Británico -allí­ donde Karl Marx escribió «Das Kapital»- requirió años de diplomacia con los responsables chinos, y de planes.

Pero «no es una exhibición del Ejército de Terracota, sino del Primer Emperador chino», destacó Neil MacGregor en una presentación el martes a la prensa de la muestra, en la que subrayó que el museo que él dirige «es un museo de Historia, no como el Louvre, que está consagrado al arte».

La figura que domina la exposición es la de un gobernante megalómano, que impuso la unidad de la escritura, de la moneda, de las medidas, que hizo construir una gran muralla contra las invasiones de los bárbaros, que querí­a gobernar el Universo entero y que querí­a vivir eternamente.

«El Primer Emperador unió varios reinos en guerra y fundó un estado centralizado. Fundó China, y con eso transformó la historia del mundo», explicó la historiadora Jessica Rawson, una de las curadoras de la exhibición.

Pero Qin no sólo querí­a conquistar este mundo, sino también el del más allá, por lo que utilizó el trabajo de unos 700.000 prisioneros para que le construyeran un universo en el que podrí­a seguir reinando en el más allá.

El Primer Emperador querí­a estar acompañado de sus guerreros, que lo salvaran de ataques. Pero también querí­a en sus palacios músicos que le alegraran sus dí­as y sus noches; querí­a acróbatas, bailarines, concubinas, funcionarios que le ayudaran a administrar su reino y luchadores que lo divirtieran con sus proezas.

Es cierto que los guerreros han perdido sus colores, que el arco de los arqueros se ha desintegrado, que los instrumentos de los músicos sólo pueden adivinarse y que el luchador ha perdido su cabeza. Pero el conjunto que expone el Museo Británico quita la respiración.

La curadora del British Museum, Jane Portal, explicó la seducción que se desprende de estas silenciosas figuras. «Cada una de ellas es única. Los cuerpos y las cabezas fueron producidos en masa, pero luego cada una fue individualizada. Sus peinados, sus rostros, su vestimenta, todas son distintas».

«Además de detalles increí­bles, el ejército de terracota refleja la diversidad cultural de China, al mostrar guerreros de minorí­as étnicas, quizá de tribus nómadas del oeste de China», dijo.

En la inmensa sala transformada ahora en el hogar de los guerreros chinos se exhiben también filmes cortos que recrean la época del Primer Emperador, una réplica de un carro de combate, una maqueta de uno de sus palacios: todo para convertir ésta en la exhibición más exitosa del Museo Británico desde que presentó la máscara de oro de Tutankamon, hace 35 años.