Cuando uno lee sobre ciberguerra, ciberdefensa o ciberterrorismo, no queda la menor duda de que inauguramos otro capítulo histórico en el desarrollo de la humanidad. Lejos estamos de las famosas “guerras convencionales” para llevar el concepto a otros niveles. Y si en el pasado teníamos la certidumbre de que los países desarrollados nos podían aplastar con sus armas atómicas, ahora ni siquiera sospechamos las formas en que pueden infligirnos daños.
Según los entendidos, bastaría que los enemigos desestabilicen el sistema de red mediante virus o programas maliciosos, para que la nación se paralice no un día, sino semanas y meses. De aquí que las prevenciones sean inmensas y la cautela lleve a la contratación de un ejército de soldados digitales capaces no sólo de defenderse de los adversarios, sino atacarlos estratégicamente.
Las guerras en nuestros días no solo se libran, en consecuencia, en los campos de batalla físicos, sino en los centros de información donde se analizan datos y se crean virus. Es una guerra virtual en donde las bajas no son inicialmente humanas, sino digitales, con el propósito de desnudar al enemigo, ponerlo en ridículo y paralizarlo.
Otro tipo de guerra tecnológica lo constituye el aparecimiento de aviones no tripulados (los drones). Eso que en el siglo pasado era una fantasía, hoy es una realidad: aeroplanos piloteados por control remoto. Como he dicho antes, en el pasado se tenía la certeza de la presencia del enemigo y se podía intuir nuestro próximo final, ahora la realidad es apocalíptica, el enemigo es un fantasma.
Permítame evocar el pasado para mostrar el contraste. En los años ochenta, los sandinistas nos obligaban a hacer vigilancia revolucionaria a través de los Comités de Defensa Sandinista (CDS). Estábamos despiertos toda la noche para vigilar “al enemigo”. No existían las computadoras ni Internet. No había forma que los contrarrevolucionarios nos tomaran el pelo. ¿Qué sentido tendrían hoy esas largas noches de desvelo?
En 1978 cuando Somoza bombardeaba la ciudad de Rivas, sabíamos del peligro que se aproximaba por el ruido de los push and pull o los aviones “modernos” del tirano. Salíamos del refugio cuando dejábamos de escuchar las pipilachas. ¿Qué haríamos ahora cuando los aviones son imperceptibles? ¿En qué momento nos esconderíamos, como población civil, bajo los colchones?
Los ejemplos abundan para entender que la humanidad se encamina segura a la autodestrucción. Más aún cuando los países invierten cuantiosas sumas de dinero para no quedarse atrás. Eso explica el presupuesto elevado de países como China, Estados Unidos y Rusia, para sugerir una pequeña muestra.