Es cierto que Guatemala está sumida en una profunda crisis, la falla del Estado, y que es nuestra principal preocupación; pero no se puede ignorar el hecho histórico que acaba de ocurrir en los Estados Unidos, el 20 de enero. Es histórico que luego de 43 presidentes blancos Obama sea el primer presidente negro. Para ello, la población negra ha recorrido un largo trecho: salir de la esclavitud, gracias a Abraham Lincoln, y marchar hacia la igualdad, gracias a la lucha por los derechos civiles encabezada por Martin Luther King Jr. La acumulación de pequeñas victorias y grandes luchas abrió el espacio para esta trascendental transición en Washington DC.
Más histórico que ello, sin embargo, es la decisión de un pueblo de tomar el destino en sus manos y dar al presidente Obama un mandato de «cambio». No más absolutismo, no más violaciones de los derechos humanos, no más arrogancia, no más unilateralismo. En el proceso este pueblo ha cambiado, ya que se trata del mismo que no supo defender una victoria electoral en 2000, que fue manejado sobre la base del temor y la mentira, a partir del 11 de septiembre de 2001, y que fue manipulado para que la camarilla de Bush y Cheney gobernara hasta el 2009. No obstante, inspirado por un líder que ha ofrecido esperanza y una renovación profunda de este país, pese a las crisis que se heredan del período Republicano, ha tomado la decisión de arrancar de raíz el mal uso de la política y el abuso del poder. Una nueva era ha comenzado en los Estados Unidos, la cual, sin duda, impactará al resto del mundo.
La pregunta que se hacen los guatemaltecos inmigrantes en los Estados Unidos, particularmente después de ver grandes muchedumbres festejando, hombre y mujeres derramando lágrimas y todos compartiendo la alegría de un triunfo en común, es: ¿Cuándo podremos tener una experiencia semejante en nuestro país? ¿Cuándo concluirá la frustración y la desesperanza? ¿Por qué se desperdiciaron la elección de Cerezo y los Acuerdos de Paz? La respuesta está, sin duda, en esas masas de población que ahora se lanzaron a las calles y plazas a celebrar. Antes de celebrar, esas masas se organizaron, bajo un signo de unidad, y concurrieron a las urnas electorales para elegir la visión positiva, representada por Obama, por encima de la visión del temor, basada en el militarismo y la agresión.
En Guatemala, para poder celebrar una victoria semejante, hay que empezar a rescatar las calles y ocuparlas. En este momento la inseguridad y la violencia, así como acciones represivas, nos han encerrado en nuestras casas y nos han atomizado. Es hora de formar colectivos de nuevo, es hora de plantearnos una unidad estratégica y no las alianzas de intereses mezquinos, es hora de retomar las calles, para hacer imperar la ciudadanía por encima de la delincuencia y para usarlas como foros para expresar nuestras opiniones y exigencias. Tenemos el reto de aprovechar la oferta del presidente Obama de «dar la mano a otros pueblos que claman por su dignidad». Estados Unidos tiene una inmensa deuda histórica con Guatemala y ha llegado el momento de dialogar con sus autoridades acerca de la forma de pagarla. Para ello, nuestra unidad, firmeza y altura serán determinantes.