Hay pocos países en el mundo cuya capacidad para el tormento y la indignación llegan al paroxismo. El nuestro es uno de ellos.
En nuestro país, como ardillas enjauladas, repetimos los mismos errores; una y otra vez, vemos ir y venir aquello que nos daña y siempre le damos la bienvenida: se aplaude al ladrón y sinvergí¼enza, se vuelve a votar por los mismos demagogos; se levantan monumentos a los traidores, así como se vuelve a confiar en la selección de futbol y en quienes dirigen el deporte nacional.
En nuestro país, casi todo ocurre al revés: la justicia absuelve al delincuente; se eleva a la categoría de héroe nacional al mediocre y se persigue y desprecia al hombre superior. Rara vez la genialidad, la originalidad y la honestidad son reconocidas públicamente porque, además, la envidia y el resentimiento son tan grandes que no permiten el cultivo de la simpatía ni de la compasión, sentimientos éstos más generales y primarios que el amor y el odio.
Se destaca todo aquello que nos rebaja o, en el mejor de los casos, aquello que, en dimensión histórica, vale muy poco. Lo coyuntural se hace prioritario y proyecta paradigmas a diestra y siniestra para saciar momentáneamente el requerimiento de autoconciencia. Así, por ejemplo, surge nuestro maltrecho sentido del humor, aferrado a las comedias de merendero, chicharrón y cerveza; los programas de televisión, envasados y etiquetados con las sonrisitas de energía psíquica que pretenden cambiar, cada mañana, la idiosincrasia pesimista y resentida de quinientos años de mal formación cívica y humana.
La novedad va marcando cada paso, desconectada totalmente de lo histórico, como cuando se eligen las «maravillas nacionales» o a los «ídolos», o se le sigue la pista a «nuestros representantes» culturales y deportivos por televisión e internet. Todo con el fondo de los linchamientos de cada mañana, los robos millonarios y el cinismo de cuanta gente se ha metido a líder en los mismos círculos de poder que se han prolongado en nuestro devenir histórico.
Nuestro país, el surrealista y absurdo, es el más verdadero de todos, el más cruel pero el más sincero, el que no pretende cambiarse nombre, ni ser la tarjetita de presentación de jaladores de turistas folcloreros.