La inmolación de Rodrigo Rosenberg -lejos de pugnas ideológicas, celebraciones de exculpación presidencial o intentos de golpes de Estado- debe enseñarnos que, como dijo Castresana, el país se está muriendo por el alto índice de impunidad.
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Según es la hipótesis principal de la parte acusadora, el móvil para la inmolación de Rosenberg habrá sido, en parte, la impotencia que sentía él para resolver el Caso Musa, del cual estaba seguro, aunque sin pruebas, de que la orden de asesinarlos provino del Gobierno.
Esta impotencia ante la impunidad habrá sido la principal motivación para la acción de Rosenberg. En realidad, el abogado inmolado quiso provocar a esta sociedad adormecida que ya se acostumbró a que cada día asesinen a unas veinte personas en sus narices.
Castresana supo extraer este mensaje para que el asesinato de Rodrigo Rosenberg no fuera en vano: «Guatemala se está muriendo». Sin embargo, no aprendemos de nuestra propia realidad. Ayer, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, í‰rick ílvarez, dijo: «Estamos trabajando sobre las reformas a la Ley de la Carrera Judicial estamos conscientes de eso; pero afirmar que Guatemala se está muriendo parece una exageración».
¿Exageración? ¿Le parece poco?
En delitos contra la vida, apenas hay un índice de éxito del cuatro por ciento, lo cual nos acerca casi al cero. Es decir, que cualquiera puede matar a alguien sin mayor temor de ser castigado por el sistema formal de justicia. Coincidentemente, otros delitos, como violaciones, secuestros, evasión de impuestos, masacres, genocidios, extorsiones, etc., reportan más o menos el mismo índice, quizá ninguno de ellos pasa del diez por ciento en condena.
El Caso Rosenberg fue una fuerte sacudida para el país. Cientos de personas mostraron su repudio ante un asesinato. En parte, ello fue positivo porque, ¡por fin!, la sociedad guatemalteca logró conmoverse. Sin embargo, esa indignación sentida en mayo, se fue diluyendo, porque, al fin de cuentas, se intentó distraer la atención hacia otros objetivos, como la caída del Gobierno, y, actualmente, se intenta menospreciar la investigación científica realizada por el Ministerio Público y al CICIG, para continuar impulsando agendas políticas propias.
Si el asesinato de Rosenberg no nos sirve para reflexionar e intentar cambiar el sistema actual de sicariato e impunidad que prevalece en Guatemala, entonces todo será en vano y la inmolación será una cifra más.
Lastimosamente, las declaraciones provienen del Presidente de la CSJ, una Corte en la cual se tenía un poco de esperanza, pero ahora queda claro que podríamos vivir cinco años de más de lo mismo, en cuanto a la administración de la justicia.
«Yo ya no estoy dispuesto a vivir en un país así», dijo Rosenberg, dejando entrever en su video su verdadera intención, aunque ésta no se conocía. Y es verdad, porque él optó por su propia muerte a fin, coherentemente, porque en realidad no quería una Guatemala en impunidad, y quiso provocar un cambio en nosotros. Espero que el Presidente de la CSJ rectifique y que, si a él le parece poco la impunidad de más del 90 por ciento del país, al menos se lo guarde en su corazón y empieza a demostrar con su trabajo que aún se puede rescatar a este país.