Para un niño, niña o adolescente de la ciudad, los viajes al interior del país, por lo general, no implican responsabilidades laborales. Cada viaje es una experiencia a la que se asiste con todos los sentidos abiertos y con una expectativa de vivir cosas nuevas, conocer gente y acercarse a costumbres diferentes a las propias. Fue en esos viajes de niñez cuando por primera vez escuché a los ayudantes de buses extraurbanos gritar la abreviatura del nombre Guatemala. Los ayudantes de camioneta como la Xoyita proveniente de El Quiché, la Esmeralda de Escuintla o la Tacaná de San Marcos, todos convocaban a abordar sus buses gritando: «Guate, Guate… terminal Guate».
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En los municipios y aldeas del país se hace referencia a la ciudad capital, sencillamente como «Guate». Por ello esa abreviación del nombre del país se ha referido desde siempre a la ciudad de Guatemala. Probablemente las y los guatemaltecos que viajan o viven fuera del país usen «Guate» para hablar de este territorio nacional.
En relación a esto, me llama la atención toda esta ola de publicidad y de moda entre la juventud clasemediera urbana que usa la abreviación «Guate». Ahora resulta que nadie habla de Guatemala. Todo es «Guate»: desde los tristes fanáticos de la selección de fútbol, siempre entusiasmados y resignados vitoreando «Vamos Guate»; la campaña de un canal televisivo que reza: «Guate ama el fútbol»; la campaña mediática «Guate…ámala»; o el programa de Libre Encuentro que se tituló «Guate es calidá».
¿Pero de qué Guatemala están hablando cuando dicen «Guate»? ¿Será acaso la reafirmación desde la élite oligárquica de la identidad criolla sobre la que se construyó un imaginario de guatemalidad uninacional de negación indígena? Hay un verdadero peligro: la Guatemala real, diversa, plural, multicultural, plurinacional, es menospreciada y relegada a un segundo plano por esta idea de país detrás del vocablo «Guate». Las y los «Guates», como llamo a este grupo de personas acomodado y mediatizado, están reproduciendo un imaginario de país que es excluyente. Un imaginario que niega los principios de democracia e inclusión que proponen los Acuerdos de Paz como proyecto de país.
Es evidente que esta tendencia mediática, diseñada y empujada desde los grupos económicos tradicionales, cuenta con una cantidad importante de recursos para difundir su mensaje y su idea de nación. Y como si fuera casualidad, estos mismos grupos de poder se lanzan en una cruzada para reformar la Constitución de la República, a través de la propuesta del grupo ProReforma. Una propuesta a todas luces antidemocrática. Proponen un modelo de Congreso dominado por una segunda cámara, el Senado: un espacio con mucho poder, integrado por 45 ciudadanos entre 50 y 65 años, quienes estarían en el poder por 15 años.
La propuesta no menciona a las mujeres, pues la idea del Senado está pensada desde los hombres para que ellos sigan ejerciendo poder. Podrán decir que cuando hablan de todos los ciudadanos también se refieren a las mujeres, pero el lenguaje manifiesta una exclusión ya proyectada. A eso hay que agregarle que es una propuesta que apunta a la gerontocracia donde los conocimientos, anhelos y capacidades de la juventud son vilipendiados.
Hay que estar ojo al cristo con estas nuevas movidas de la oligarquía. No podemos permitir que los proyectos reaccionarios y excluyentes se impongan sobre los derechos de todos y todas a vivir con dignidad en un país de justicia social y respeto a la diversidad. Los de siempre quieren asegurarse la continuidad de su reinado en este país de la eterna tiranía. ¡Aguas con Pro Reforma! ¡Aguas con las y los Guates!