Grupúsculos


Si hay algo que admiro de algunos grupos humanos en la sociedad guatemalteca es la propensión a formar organizaciones cerradas. No sé si sucede en otras partes del mundo, pero en Guatemala he visto la conformación sólida de esas unidades y la incondicionalidad con que se mueven sus adeptos. Parecen sectas religiosas, son grupos oscuros en los que cada grupúsculo tiene una forma peculiar de hablar, actuar y entenderse. Si usted quiere formar parte de esa organización tenga la seguridad que morirá en el intento.

Eduardo Blandón

Es curioso, usted puede ser gran amigo de algún miembro de esa hermandad, en lo privado y particular, pero, una vez el sujeto se haya con esa organización tenebrosa, los lazos quedan rotos para convertirse el ahora desconocido en parte consustancial de ese grupo maldito. El ex amigo pierde su naturaleza individual, las caracterí­sticas que lo hací­an simpático y humano para ahora perderse en ese mar infinito que sólo ellos parecen conocer a profundidad.

En esa organización cuasi secreta usted no entra sino (con suerte) gracias a la bendición y el padrinazgo de una intercesión poderosa de un miembro relevante del grupo. En principio hay rechazo y oposición, pero si se demuestran credenciales importantes y una feliz bendición ajena se puede penetrar ese lugar con certeza infranqueable para el común de mortales. A partir de ese momento el catecúmeno recibe el bautizo y ya no estará solo nunca más, sino que será parte integrante de un grupo de extraterrestres benditos por algún dios desconocido.

De esos grupos hay un montón en Guatemala. Hay sectas literarias, por ejemplo, en la que el número de sus miembros es tan reducido que más bien dan pena. Se trata de ese grupúsculo de ancianos y/o avejentados (por edad y por madurez según ellos) que dicen ser parte de los últimos 44 mil benditos del Padre, el último reducto de escritores de verdad. Esta secta de elegidos o amanuenses de Dios se les suele encontrar en restaurantes, cafeterí­as, librerí­as o bares y son fácilmente identificables por las poses y su lamento constante en contra de la humanidad y los falsos escritores nacionales (es decir todos los que publican, según ellos) contra quienes despotrican con pasión juvenil.

Hay sectas también en el mundo de la burguesí­a en la que ellos suelen estar siempre completos. En una reunión, sus miembros pueden fingir sinceridad, cortesí­a y deferencia con los demás, pero nunca le darán el santo y seña de la «clica». Igual que en el mundo de escritores selectos en la que ellos pueden ser amables con el despistado que llega a sus conciliábulos y le preguntan con afecto fingido si ha publicado y si ha tenido alguna experiencia sobrenatural con las musas, los burgueses preguntan por el apellido, el trabajo, las cuentas bancarias y el éxito en los negocios para tener una idea de la calidad del extraviado en la sesión. Pero no hay que engañarse, las preguntas sólo se formulan por curiosidad, nunca se tiene la intención de integrar a nadie.

Guatemala es, sin embargo, un paí­s grande y a la par de esos grupos de auto engañados hay también quienes prefieren el aislamiento y han optado por la misantropí­a y la automarginación como sistema de vida. Cansados, quizá, por tratar de formar parte de algún grupo interesante, eligen decepcionados y frustrados encerrarse, publicar sus propios libros, publicitarlos y venderlos para disfrutar, como Onán, de algún placer solitario. ¿Estamos jodidos, verdad?