Grandeza y miseria de la educación


EDUardo-Blandon-2013

La escuela hace un trabajo colosal en la construcción del espíritu humano.  Sus proporciones son tan gigantescas que obviamente no puede pasar desapercibida en su trabajo arquitectónico.  Por ello, parte de la literatura pedagógica es un replanteamiento de lo que es y debe ser el trabajo de la educación en una sociedad.

Eduardo Blandón


Sacar brillo de las capacidades humanas no es cosa sencilla.  La escuela se toma su tiempo, invierte energía y exige capacidad e inventiva para producir algo digno.  Es la razón por la que los niños desde la más tierna edad se disciplinan (un poco a la fuerza) para potenciar adecuadamente esa mina que supone la inteligencia humana.

Pero no se logra del todo el producto al que se aspira.  Las materias, que suelen privilegiar los números y el estudio de las letras, renuncian a otros saberes que hacen lucir al sujeto medianamente ilustrado como un pitecántropo lastimero y pobre diablo.  Esto hace que muchos juzguen la educación como inútil o que por lo menos reclamen una formación más para la vida que para otros propósitos menos importantes.

Piense por ejemplo en la poca atención que le da la educación formal a la danza. ¿Es que el movimiento del cuerpo no es importante?  Lo es, pero la escuela privilegia con exclusividad el cerebro.  Por eso el cuerpo viene a ser algo menos que un accesorio con utilidad limitada, quizá solo para transportarnos de un lugar a otro.

Uno quizá deba suponer que los contenidos y las materias han sido diseñados por profesores tiesos y de movimientos torpes.  Pero lo mismo que se dice de la danza, es aplicable a otros ámbitos de la educación artística.  ¿Acaso la formación escolar privilegia el canto, la pintura, el teatro o incluso el deporte? No.  El estudiante ideal no es el que pinta bien, sino el que obtiene las mejores calificaciones en matemáticas.

Esa es la razón por la que muchos niños no encuentran lugar en la escuela.  Al sufrir “déficit de atención”, “se mueven demasiado y son muy inquietos”, dicen, se les predispone al fracaso y se les etiqueta como estudiantes poco aventajados.  Los educadores no han aprendido a sacar provecho de la riqueza de cada niño y a potenciar la diversidad.  Para ellos, sólo los estudiantes aplicados y de buena memoria tienen lugar en esos centros castratorios.
 
La educación hace mucho bien a la sociedad, pero también echa a perder grandes posibilidades.  Los profesores tienen que aprender a ver más ampliamente y ser versátiles en el descubrimiento de las riquezas de cada individuo.  Eso exige profesores más intuitivos, dedicados y expertos en el conocimiento de la naturaleza humana.  Con docentes improvisados y mal formados, estamos fritos.  Vale la pena que pensemos en ello.