«Y por tu rostro sincero y tu paso vagabundo y tu llanto por el mundo porque sos pueblo te quiero».
Mario Benedetti
Vos, a través de unos cuantos relatos, me enseñaste el significado del exilio. ¿Cuánto puede soportar un corazón lejos de la tierra y del pueblo que lo hicieron a uno? Con el agregado, que vos, querido compañero, además de dejar tu país, tuviste que dejar los «boliches» y el «mate» de un Uruguay que se encontraba, al igual que Guatemala, en medio de una dictadura militar y represiva.
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«Usted sabe que puede contar conmigo», le dijiste a una mujer y al mismo tiempo a todo el pueblo latinoamericano, eternamente golpeado por la desigualdad, la injusticia y la miseria. Y es que saber contar con el que tenemos al lado no es, precisamente, una característica de nuestros pueblos. Habrá que ver, por ejemplo, en estos últimos días en Guatemala que se ha dado un «desborde de civismo» para exigir la renuncia del Presidente. Pero esas mismas voces, al menos la mayoría de ellas, han callado ante la miseria que se vive en el campo y en las áreas marginales de nuestro país, en donde a diario mueren personas por los estragos de la pobreza.
Todos, son tiempos difíciles, Mario. Vos naciste al inicio de la segunda década del siglo pasado, viste el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, los primeros intentos democráticos en Latinoamérica y la llegada de los militares (a través de la fuerza) a los gobiernos de nuestros países. También fuiste testigo de la resistencia del pueblo a través de los movimientos sociales y populares que proponían una sociedad diferente, en donde cada hombre y mujer fuera considerado el principal motivo del desarrollo, y no necesariamente el lucro y el capital.
Hemos cambiado en los últimos años, vos lo supiste muy bien. Da cierta tranquilidad pensar que, al menos en otras latitudes, al sur de este país, existen gobiernos que han propuesto políticas dirigidas a la construcción de una sociedad en donde el ser humano pueda desarrollarse como tal.
«No te salves si duermes sin sueño», nos recomendaste a través de tus versos. Y no es patético ni cursi pensar en no «salvarse» a la manera en que nos proponen los «ustedes», en este mundo suyo que han construido a base de la mentira, de la creación de enormes centros comerciales en donde se ofrece un mundo de fantasía que puede obtenerse únicamente por medio del dinero, en donde no podemos existir como ciudadanos, sino únicamente como consumidores.
Y es que tus escritos, Mario, dejaron huella, porque ajustados al momento político que te tocó vivir, se constituyeron en una invitación permanente a resistir, a «vernos con nuestro propios», como dijo un compatriota tuyo.
Finalmente, gracias, Mario, por el fuego. Por tus horas de dedicación para hacernos pasar un buen rato y para lanzarnos esa invitación de amarnos «codo a codo», para que en la calle seamos mucho más que dos.