La fe es el punto de apoyo que pedía Arquímedes para mover al mundo.
Con el tiempo, remontada a la altura del hombre, la fe se suelta los lastres de la teología.
Confío tanto en mi fe que incluso le consiento uno que otro desengaño.
La fe es una catedral que no termina de construirse hasta que alguien la habita.
Si tienes una fe ciega, conviértete en su lazarillo, no en su bordón.
Uno de los milagros de la fe es que se puede estrenar todos los días.
Riega tu fe todas las mañanas, pero no sólo con agua.
Cuando le pedí prestada su fe en el prójimo me hizo firmar no sé qué vale.
La fe es misteriosa. Uno cree saber cuándo la pierde, pero ignora cuándo la recupera.
No existe una fe ciega de nacimiento. Sería aberrante y contra natura.
Con un poco de fe se llega lejos; demasiada fe paraliza.
Mi fe no proyecta sombras, pero a veces soy su sombra.
Dio no quiere fe ciega; quiere fe lúcida, que abra el camino y sienta sus pasos.
Cuando mi fe tambalea es de pura embriaguez.
Al cabo Dios se convirtió en ateo. Ya no tiene más fe en el hombre, la criatura de sus esperanzas.
Todo hombre y toda mujer son el monumento vivo a la fe desconocida.
Ha sucedido que con el paso del tiempo una fe se derrumba mientras sus andamios echan raíces y dan flores y frutos.
La fe es el horizonte interior.
Mas te valiera perder la fe que olvidarla.
Incluso con una fe ciega se puede distinguir entre el día y la noche.
La fe es una bandera que debe mantenerse a media asta.