Gobernando con la gente


Hace tan sólo algunas semanas se estrenó el programa radial del señor Presidente de la República de Guatemala ílvaro Colom Caballeros. Su programa tiene por objeto atender y escuchar las inquietudes y sugerencias de la población guatemalteca, con quienes dice sentirse identificado, y con quienes quiere cogobernar, según sus eslogans de campaña. No entendí­ bien si es algo así­ como un buzón de sugerencias o más bien una especie de libro de quejas de la Diaco.

Lic. Christian Alarcón Duque

No he tenido la oportunidad de escuchar el programa, pues realmente no me llama la atención. ¿Cuál es el rating del programa? ¿Son las llamadas debidamente seleccionadas, y la gente que llama es real o son simplemente burócratas que trabajan para el Gobierno? Realmente no lo sé. ¿Qué pretende el señor Presidente? Me imagino que emular a sus amigos del Cono Sur Chávez y Correa, y de alguna manera subir el nivel de aceptación y su popularidad que ha venido a pique desde su asunción al poder.

Este tipo de programas me traen malos recuerdos, como por ejemplo las famosas disertaciones que religiosamente se transmití­an en cadena nacional tanto en la radio como en la televisión los dí­as domingos cuando el general Rí­os Montt era Jefe de Gobierno. Qué aburrido era oí­r a este señor todos los domingos repetir lo mismo de siempre, con la diferencia que no existí­a la internet, el Ipod o cualquier otro pasatiempo que sustituyera a la televisión -el medio de entretenimiento predilecto de aquella época- y no aburrirse. En aquellos dí­as la mayorí­a de la población apagaba la televisión, esperaba conciliar lo antes posible el sueño, esperaba que la noche fuera corta y daba las gracias por empezar el próximo dí­a.

No hay que olvidar también la propaganda oficial, que en forma masiva se difundí­a en tiempo de la Democracia Cristiana o en el tiempo de Ramiro de León Carpio. Cada «chorrito de agua» inaugurado ameritaba cinco minutos de espacio publicitario en los medios de comunicación, quince o veinte veces diarias los trescientos sesenta y cinco dí­as del año.

La popularidad de la persona que ejerce el poder soberano en una nación se gana a pulso; es una tarea de todos los dí­as, que empieza desde el dí­a que toma posesión del cargo para el cual fue electo; y consiste en llevar una conducta ejemplar tanto como funcionario como ser humano. Su comportamiento como polí­tico, como lí­der, como esposo, como padre y como hijo debe ser impecable, amén a que sus decisiones en el manejo de la cosa pública deben de ser acertadas y ser beneficiosas para el pueblo.

Por ejemplo el Presidente de los Estados Unidos, si bien es cierto ha disminuido la popularidad avasalladora que lo llevó a ocupar la presidencia del paí­s más poderoso del mundo, mantiene incólume su prestigio y la admiración que le profesan la mayorí­a de estadounidenses. Son evidentes sus dotes de estadista, y si bien es cierto la crisis en la cual está sumergido el paí­s del Norte aún se mantiene, ya ha dado pequeños luzazos de recuperación.

Obama no tiene un programa radial para conversar con la gente, pero su papel de Presidente se lo tomó en serio desde antes de campaña, cuando ya era el virtual ganador. Ah, y se me olvidaba, su esposa también es admirada por sus dotes de gente, y por su belleza que la llevado a ocupar portadas en prestigiosas revistas; y tampoco tiene un programa parecido al de «Mi familia progresa».